Domingo | 11.07.2004
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TENDENCIAS: EN LAS MATINES HAY EL DOBLE DE
EMPLEADOS DE SEGURIDAD QUE EN LAS DISCOTECAS PARA MAYORES
Jóvenes
violentos
Crecen las peleas en escuelas y boliches
Dicen que los padres y maestros están expuestos a una agresividad
inédita. También, que cada 15 días muere un chico en el conurbano en riñas
callejeras. Y que las mujeres discuten con más violencia.
Georgina Elustondo.
Mujeres que
terminan a las trompadas en el patio de una escuela. Chicos de 14, 16 años que
aterrizan en el hospital tras agarrarse a piñas en la pista de un boliche.
Adolescentes que pierden la vida en una "guerra" de bandas a la salida de un
colegio. Menores ganando un preocupante protagonismo en los archivos penales de
la Justicia... El fenómeno no aparece en las estadísticas, pero los síntomas son
múltiples y basta hilvanar los testimonios de quienes conviven a diario con
adolescentes y jóvenes para recoger el mismo diagnóstico: el nivel de
agresividad y violencia entre ellos y hacia los adultos creció notablemente
en los últimos años.
Clarín habló con padres, psicólogos,
empresarios y especialistas del área educativa de la Capital y la provincia de
Buenos Aires. Todos coincidieron en dos cuestiones que, a priori, parecen
excluirse. Por un lado, destacaron la hostilidad y hasta la violencia que habita
en muchas actitudes y vínculos de quienes tienen entre 15 y 21 años, e hicieron
hincapié en la falta de diálogo y la "agresión fácil", en el incremento
en los niveles de intimidación física y psicológica, sobre todo en el caso de
las mujeres.
Por el otro, sin embargo, también acordaron en la
condición de víctimas de estos mismos chicos, en general frustrados y a veces
furiosos ante la falta de horizontes y la descalificación social de los adultos
y autoridades que marcaban el camino, arrimaban respuestas y calmaban la
inquietud propia de su edad.
"Nosotros vemos este tema a diario en los
consultorios. Los padres y maestros están expuestos a niveles de agresividad
inéditos, una situación que tiene raíces en la profunda crisis de valores
que sacude a las familias y a la sociedad. Los jóvenes ven a sus padres
nerviosos, amargados, desocupados o sobreocupados, y eso los altera, los pone
violentos, irracionales e impulsivos", dice el psicoanalista Fernando Osorio,
del Centro Pscicoanalítico Dos.
Se ve en la calle, se ve en la escuela,
salta a la vista en los lugares que les son propios. "A nosotros nos
preocupan más las matinés que los boliches para mayores, porque los más
chicos se van a las manos por cualquier cosa, no dialogan. Hay más peleas entre
los 16 y 17 que entre los de 25", comentó Daniel Vázquez, presidente de la
Cámara de Empresarios de Discotecas de Buenos Aires, y remató con un dato:
"En las matinés hay el doble de empleados de seguridad que en los horarios de
grandes".
Una experiencia similar viven en las escuelas. "Los
problemas de violencia son una constante. Lo que más nos preocupa en este
momento son las riñas callejeras en el conurbano. Son peleas muy fuertes entre
bandas que terminan con la muerte de algún alumno. Cada 15 días muere un
chico por ajusticiamiento", dice la licenciada Lilian Armentano,
vicedirectora de EGB de la provincia de Buenos Aires.
"También están
creciendo las peleas entre mujeres. En la violencia física ya no hay, como
antes, diferenciación de sexo. Y las chicas cuando se agreden despliegan una
violencia mayor que la de los varones. Nosotros intervenimos mucho. Nos llaman
cada vez más para que mediemos en los conflictos. Y lo hacemos abriendo un
espacio de diálogo y contención", agrega.
En la Capital las cosas no
andan mucho mejor. "Los maestros están desbordados, no fueron formados para
enfrentar estos problemas ni el sistema disciplinario fue pensado para
resolver las situaciones que se viven hoy en día. Pero los primeros que padecen
son los jóvenes. Ellos no saben para dónde agarrar, porque no tienen esperanza",
reflexiona Domingo Tavarone, director de Educación Media y Técnica del Gobierno
de la Ciudad.
"Lo que vemos a diario es que en la escuela, como en la
sociedad, perdió jerarquía la palabra, el diálogo, y cuando no se habla ni se
reflexiona aparecen el impulso y la violencia. Es lo que les pasa a los
chicos: pasan al acto sin siquiera pensar. En la última década cambiaron los
valores que iban conformando el mundo interno de los jóvenes. El mercado, el
consumo, reemplazaron la solidaridad, la empatía por el otro, y se quebró el
contexto de ternura", dice Guillerma Bottassi, a cargo del Programa de
Asistencia Socioeducativa del Gobierno porteño. El mismo está formado por un
equipo de profesionales que interviene cuando una escuela tiene problemas de
violencia. Y cada vez tiene más trabajo.
"Los adolescentes están
violentos porque están angustiados. Se sienten abandonados, no tienen
garantías de educación, de salud, de vivienda, de justicia. Hasta saben que los
pueden matar en cualquier esquina. Entonces salen a la calle a arrasar con todo:
se emborrachan, se tatúan, se agujerean, se lastiman, se intoxican, se aíslan
con la computadora, con la música. ¿Por qué? Porque un ser humano sin proyectos,
sin futuro, se vuelve primitivo. Se cortó el circuito en que las nuevas
generaciones superan a las anteriores. Cualquiera que escuche a los pibes de
15, 17 años, comprueba que no nos van a superar, y esto es terrible", dice
Osorio.
Impotentes, muchos padres tampoco saben qué hacer. Fue el caso de
Verónica Sorín, vecina de Banfield y mamá de dos adolescentes de 15 y 17 años.
"No puedo entender sus costumbres, no tengo paciencia. A veces los quiero matar
—se enoja, se frustra—. Con los amigos juegan a escupirse, el más grande es
fanático de las picadas, el más chico se viste todo de negro y ya tiene siete
tatuajes. Y Pablo, el mayor, dice que no va a estudiar. No se llevan
materias, van a un buen colegio, pero lo único que los pone contentos es meterse
en Internet y salir el fin de semana".
Padres y adolescentes,
jóvenes y adultos, y un mismo encuentro en el desconcierto, la falta de
proyectos, la dignidad a medias. Víctimas de una violencia que involucra y
excede a cada uno y habla de todos. Y que, dicen, se sana con esperanza.