Miércoles | 15.09.2004
Escríbanos
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TENDENCIAS
Adolescentes
y celulares, secretos de un maridaje sin fronteras
Moda, juguete, símbolo de pertenencia o garantía de seguridad para
padres preocupados. Los celulares cautivaron a los jóvenes, que cada vez con
mayor ímpetu transforman sus hábitos y modos de relacionarse con las nuevas
tecnologías.
Por Gabriela Samela. Especial para
Clarín.com
En Buenos Aires, cada vez son más los chicos de entre 13 y 17
que tienen sus propios celulares. Los acompañan en sus primeras salidas para
seguridad de sus padres. Pero también funcionan como símbolo de pertenencia al
grupo y permiten continuar la ilusión de contacto que proporcionan los
mensajeros en Internet.
Será porque se fue llenando de “chiches” y su
tamaño es cada vez más mini. Será porque la baja de precios y la venta en cuotas
lo vuelven un juguete caro pero posible. Será porque después del “baby-call” es
la tecnología que más sensación de control le da a los padres. Será porque la
publicidad alude a niños que juegan a grandes y a jóvenes que se comportan como
niños.
Lo cierto es que la oferta de equipos de telefonía celular de
última generación, que en la Argentina representa un segmento del 30 por ciento
del mercado, apunta, precisamente, al fragmento de consumidores que más parece crecer:
adolescentes de entre 13 y 17 y jóvenes de hasta 22 años que se incorporaron al
uso del servicio, ahora como titulares de sus líneas.
De acuerdo a un estudio cualitativo sobre usuarios de telefonía móvil de
la consultora Carrier y asociados, “en este nuevo escenario, los modelos de
teléfonos pasan a un primer plano (y con ellos las marcas de sus fabricantes)
mientras que las empresas que proveen el servicio comienzan a perder peso a la
hora de elegir un móvil”. Las conclusiones de este análisis señalan tres
características de los usuarios adolescentes: tienden a hacer un uso intensivo
de los mensajes de texto, privilegian el celular por sobre el proveedor, y por
lo tanto son más propensos a migrar, e incorporan con mayor naturalidad a la
telefonía móvil ya que esta existe prácticamente desde que nacieron.
Enrique Carrier, director de la consultora, explica que la función
simbólica del celular cambió con su masificación. “Tal vez hasta el año pasado
había dos actitudes: aquellos que lo ocultaban, porque tener un celular
significaba que los padres se lo habían ‘enchufado’ para controlarlo y aquellos
que lo ostentaban. Hoy el móvil es un elemento totalmente familiar, no funciona
como símbolo de estatus. Entre los chicos el que no tiene celular no se siente
más inferior, pero sí, en cambio, puede sentir que está afuera”.
En la
masificación de los teléfonos celulares, al igual que en la mayoría de los
objetos de la cultura adolescente, prevalece el efecto “contagio”. Para la
psicóloga Alicia Díaz Farina, directora de la Asociación de Psicólogos y Psiquiatras de Buenos Aires,
“el celular se empieza a convertir en un aparato de consumo como cualquier otro:
se les hace necesario; si el grupo tiene, hay que tenerlo”. Farina apunta que
los padres optan por cargar con los costos económicos del mantenimiento de las
líneas para obtener cierto alivio frente a la sensación de inseguridad que se
vive. “Los papás están muy asustados y por lo tanto se producen fenómenos
extorsivos del tipo: ‘yo no voy a usar el celular si no tiene tal camarita’. El
modelo con más chiches es el modelo mas deseado”, comenta.
El estudio de
Carrier identificó el inicio del uso de telefonía móvil entre los chicos de 13 a
17 con las primeras salidas nocturnas o con la independencia física respecto de
sus padres. Esto genera que, si bien la función de contacto familiar se
mantiene, rápidamente la vinculación con sus amigos comience a ganar
preponderancia. Y en este sentido los mensajes de texto juegan un rol clave.
“Los adolescentes son usuarios intensivos de los mensajes de texto”, indica
Carrier. “El contacto mediante la voz se da con los padres o con el mundo
adulto. Entre ellos no hablan tanto: desde la perspectiva de los más chicos, el
celular no es tanto un teléfono móvil sino un dispositivo móvil de comunicación.
Para ellos hablar es sinónimo de mandar un mensaje”. El uso del mensajero se
explica por una combinación de variables: por un lado es más económica para
chicos que en muchos casos cuentan con un modelo prepago de tarjeta o un abono
tipo control, y por el otro, es una cuestión de cultura tecnológica.
Para Díaz Farina, en los mensajes de texto “no importa lo que se diga:
se trata de intercambiar algo del orden del diálogo que en realidad no es tan
así. Se contactan con los amigos como para saber si están ahí. No es que tengan
grandes diálogos cuando chatean”. Un típico e irónico diálogo sería algo así
como: “¿Qué hacés?” “Nada, ¿vos?” “Nada”.
La psicoanalista relaciona
este tipo de contacto con el hecho de que esta generación se ve y se encuentra
personalmente menos que generaciones anteriores. “El perpetuarse en tardes
enteras y estar juntos, aunque no hagan nada, es algo que por diversas razones
hoy se da menos. Los adolescentes se encuentran a ‘estar’, ya que no juegan como
cuando eran niños. Ahora ese estar juntos es reemplazado por el chat, que en
realidad produce más desencuentro que encuentro”. Encontrarse quita tiempo,
cuesta dinero y parece empujar a los chicos a un mundo lleno de peligros. Para
contrarrestarlo, ahí están los celulares, que ayudan a mantener la ilusión de un
contacto, que a pesar de que se promocione como tal, pone en juego muchos menos
sentidos que en otros tiempos.