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TENDENCIAS
Adolescentes y celulares, secretos de un maridaje sin fronteras






Moda, juguete, símbolo de pertenencia o garantía de seguridad para padres preocupados. Los celulares cautivaron a los jóvenes, que cada vez con mayor ímpetu transforman sus hábitos y modos de relacionarse con las nuevas tecnologías.





Por Gabriela Samela. Especial para Clarín.com






En Buenos Aires, cada vez son más los chicos de entre 13 y 17 que tienen sus propios celulares. Los acompañan en sus primeras salidas para seguridad de sus padres. Pero también funcionan como símbolo de pertenencia al grupo y permiten continuar la ilusión de contacto que proporcionan los mensajeros en Internet.

Será porque se fue llenando de “chiches” y su tamaño es cada vez más mini. Será porque la baja de precios y la venta en cuotas lo vuelven un juguete caro pero posible. Será porque después del “baby-call” es la tecnología que más sensación de control le da a los padres. Será porque la publicidad alude a niños que juegan a grandes y a jóvenes que se comportan como niños.

Lo cierto es que la oferta de equipos de telefonía celular de última generación, que en la Argentina representa un segmento del 30 por ciento del mercado, apunta, precisamente, al fragmento de consumidores que más parece crecer: adolescentes de entre 13 y 17 y jóvenes de hasta 22 años que se incorporaron al uso del servicio, ahora como titulares de sus líneas.

De acuerdo a un estudio cualitativo sobre usuarios de telefonía móvil de la consultora Carrier y asociados, “en este nuevo escenario, los modelos de teléfonos pasan a un primer plano (y con ellos las marcas de sus fabricantes) mientras que las empresas que proveen el servicio comienzan a perder peso a la hora de elegir un móvil”. Las conclusiones de este análisis señalan tres características de los usuarios adolescentes: tienden a hacer un uso intensivo de los mensajes de texto, privilegian el celular por sobre el proveedor, y por lo tanto son más propensos a migrar, e incorporan con mayor naturalidad a la telefonía móvil ya que esta existe prácticamente desde que nacieron.

Enrique Carrier, director de la consultora, explica que la función simbólica del celular cambió con su masificación. “Tal vez hasta el año pasado había dos actitudes: aquellos que lo ocultaban, porque tener un celular significaba que los padres se lo habían ‘enchufado’ para controlarlo y aquellos que lo ostentaban. Hoy el móvil es un elemento totalmente familiar, no funciona como símbolo de estatus. Entre los chicos el que no tiene celular no se siente más inferior, pero sí, en cambio, puede sentir que está afuera”.

En la masificación de los teléfonos celulares, al igual que en la mayoría de los objetos de la cultura adolescente, prevalece el efecto “contagio”. Para la psicóloga Alicia Díaz Farina, directora de la Asociación de Psicólogos y Psiquiatras de Buenos Aires, “el celular se empieza a convertir en un aparato de consumo como cualquier otro: se les hace necesario; si el grupo tiene, hay que tenerlo”. Farina apunta que los padres optan por cargar con los costos económicos del mantenimiento de las líneas para obtener cierto alivio frente a la sensación de inseguridad que se vive. “Los papás están muy asustados y por lo tanto se producen fenómenos extorsivos del tipo: ‘yo no voy a usar el celular si no tiene tal camarita’. El modelo con más chiches es el modelo mas deseado”, comenta.

El estudio de Carrier identificó el inicio del uso de telefonía móvil entre los chicos de 13 a 17 con las primeras salidas nocturnas o con la independencia física respecto de sus padres. Esto genera que, si bien la función de contacto familiar se mantiene, rápidamente la vinculación con sus amigos comience a ganar preponderancia. Y en este sentido los mensajes de texto juegan un rol clave. “Los adolescentes son usuarios intensivos de los mensajes de texto”, indica Carrier. “El contacto mediante la voz se da con los padres o con el mundo adulto. Entre ellos no hablan tanto: desde la perspectiva de los más chicos, el celular no es tanto un teléfono móvil sino un dispositivo móvil de comunicación. Para ellos hablar es sinónimo de mandar un mensaje”. El uso del mensajero se explica por una combinación de variables: por un lado es más económica para chicos que en muchos casos cuentan con un modelo prepago de tarjeta o un abono tipo control, y por el otro, es una cuestión de cultura tecnológica.

Para Díaz Farina, en los mensajes de texto “no importa lo que se diga: se trata de intercambiar algo del orden del diálogo que en realidad no es tan así. Se contactan con los amigos como para saber si están ahí. No es que tengan grandes diálogos cuando chatean”. Un típico e irónico diálogo sería algo así como: “¿Qué hacés?” “Nada, ¿vos?” “Nada”.

La psicoanalista relaciona este tipo de contacto con el hecho de que esta generación se ve y se encuentra personalmente menos que generaciones anteriores. “El perpetuarse en tardes enteras y estar juntos, aunque no hagan nada, es algo que por diversas razones hoy se da menos. Los adolescentes se encuentran a ‘estar’, ya que no juegan como cuando eran niños. Ahora ese estar juntos es reemplazado por el chat, que en realidad produce más desencuentro que encuentro”. Encontrarse quita tiempo, cuesta dinero y parece empujar a los chicos a un mundo lleno de peligros. Para contrarrestarlo, ahí están los celulares, que ayudan a mantener la ilusión de un contacto, que a pesar de que se promocione como tal, pone en juego muchos menos sentidos que en otros tiempos.













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