Tienen entre 16 y 23 años, y empiezan a mirar de cerca el mundo adulto.
Llevan una mochila liviana, desprovista de grandes utopías o certezas. Le están
sintiendo el sabor a la vida por primera vez, y se necesitó un desastre como el
ocurrido hace un mes en la disco República Cromagnon para que, violenta y
trágicamente, ocuparan el centro de la discusión pública.
"Cuando cumplí
los 18, le comuniqué a mi viejo que a partir de ese momento lo que me dijera lo
iba a tomar como consejo y no como orden", asegura Jonás Aldao, de Barracas.
Hace nueve meses que le informó a su padre sobre este nuevo estado de
cosas. En ese mismo acto se estaba despidiendo de su vida de adolescente.
Pero no a todos les resulta tan sencillo. "Si la entrada en la
adolescencia es incierta, la salida de esta etapa no lo es menos –explica el
psicoanalista Daniel Altomare–. Puede ocurrir a los 18 años, a los 25, a los 39.
En realidad, habría que pensarlo del lado de la independencia más o menos
imaginaria respecto de los progenitores."
No existe una sola manera de
ser joven. Mucho menos, en la Argentina, un país que ofrece escasos diques a la
angustia social, y donde los jóvenes viven una situación muy diferente a la de
generaciones anteriores.
"Y sí, la situación laboral en la Argentina es
complicada –dice Sofi Levín, de 18 años, padre argentino y madre venezolana–.
Pero el mundo se volvió un lugar difícil". En ese mundo incierto, las que
parecen estar al día son las paradojas: "La clase media pretende que la
adolescencia llegue a los 35 años –afirma Mirta Varela, profesora e
investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA–. Pero se quiere
penalizar a chicos de 10." Varela marca otra oposición: sectores que abandonan
la escolarización muy temprano (ver recuadro), frente a otros que van a la
escuela –y aun a la universidad– como a un "aguantadero", hasta ingresar en el
mercado laboral.
"Pareciera que los padres de clase media nunca
estuvimos tan preocupados por nuestros hijos -afirma la especialista-. Se los
controla por medio de teléfonos celulares, no se les exigen demasiadas
responsabilidades, el hogar los infatiliza. Pero esos mismos jóvenes tienen que
votar".
Pablo Alabarces, profesor e investigador de la Facultad de
Ciencias Sociales, concluye que, de aquí en más, será difícil encontrar un joven
que no esté afectado por la tragedia de Cromagnón: "Esos chicos nos reclaman
condiciones para ser felices -dice-, y les ponemos límites con la economía, la
falta de salud y de educación."
Cada día,
resistir
- Felipe Orellana, 20 años, Lomas de Zamora
Tiene 20 años, el rostro curtido y una mirada intensa que
parece decir mucho más que sus palabras. Porque Felipe es amable, de sonrisa
fácil, pero de frases breves, brevísimas. Hace cinco años que trabaja de
cartonero con su tío. De lunes a viernes carga carro, bolsas, y emprende el
camino de Lomas de Zamora a Buenos Aires. “Somos cuatro de la familia los que
venimos a Capital. Más o menos, nos lleva una hora de viaje de ida, y otra hora
de vuelta.”
Está satisfecho con lo que hace: “Me gusta porque es mi
trabajo. Y porque me permite estar con mi gente. Lo único que no me gusta tanto
es el momento de la venta. Hay que ir más lejos, esperar hasta que te atiendan”.
Sus amigos también trabajan como cartoneros. “No pienso cambiar. Si no
hago esto, no hago nada. Con lo que me deja puedo pagar mis gastos, vestirme.”
No recuerda bien el momento en que abandonó la escuela, y entonces el cronista
recuerda una cifra oficial: uno de cada tres adolescentes no termina el colegio.
“Creo que tenía 16, 17 años. Dejé porque no me gustaba. Quizá vuelva. Pero ahora
no puedo.”
¿Y en los tiempos libres? “Juego a la pelota –cuenta, ahí sí
con la sonrisa de oreja a oreja–. También escucho cumbia.”
De Cromagnon
no quiere hablar demasiado. “No me tocó”, dice, y se refugia en el silencio. Tal
vez porque es cumbiero y, después de todo, la tragedia de la disco arrasó con
gente de “otro palo”. O quizá porque, cuando la prioridad es sobrevivir, hasta
concurrir a una bailanta resulta algo excesivo.
El trabajo, un mundo por descubrir
- Maia Magnetto, 18 años, Palermo
Tiene 18 años, pero todavía no pensó en cambiar de médico
de cabecera: Maia sigue consultando con el pediatra de toda la vida. El destino
quiso que su primer gesto “adulto” la llevase, justamente, a un consultorio
pediátrico. El año pasado empezó a trabajar como secretaria de una médica de
chicos. “Una vez tuve que recibir a una chica de 20. ¡Era más grande que yo, y
se venía a atender! Fue muy raro”, cuenta. Cuando se compara con otros de su
generación, descubre que tuvo suerte. “El trabajo lo conseguí por medio de una
amiga de mi hermana. Me salvé de buscar en los clasificados, llevar a todos
lados el currículum. También de trabajar en un delivery o de camarera, como
otras chicas.”
Los primeros días casi no se dio cuenta del cambio: “Fue
como un juego. Pero a la semana, hice el clic. Me di cuenta de la
responsabilidad que implicaba, los nuevos horarios, las diferencias con los
amigos que no trabajan. Me dieron ganas de llorar”. Pero Maia siguió. Descubrió
que, desde que tenía empleo, se organizaba mejor con el estudio. Además, ganar
su propio dinero comenzó a generarle una gran satisfacción. “Mi mamá siempre me
dio una mensualidad. Pero ahora le pedí que la redujera. Mis gastos me los pago
yo. Además, empecé a ahorrar, porque me quiero ir de viaje a Europa. Voy muy de
a poco. ¡Pero me encanta ver cómo va subiendo el piloncito de billetes! Al poco
tiempo de conseguir este empleo se puso de novia. “El tiene mi misma edad, pero
no trabaja. Es cordobés; vino a la Capital para estudiar ciencias políticas,
como yo. Alguna vez me gustaría trabajar en lo mío. Aunque no me imagino cómo
sería.”
Ayudar en la economía familiar
- Cristian Corrado: 18 años, Temperley
Hace tres años que Cristian trabaja y uno desde que
terminó el secundario. Vive en el barrio San José, en Temperley.
De
lunes a sábado, viaja una hora hasta la Capital, y se ocupa de atender el puesto
de venta callejera de su padre.
“Llego a las 12.30 y estoy hasta las
21”, cuenta. Mientras tanto, no para de destapar gaseosas, servir panchos,
responder a las consultas de los clientes. Pero, pese a todo, relata algo de su
historia, que se parece a la de muchas otras familias que pelean por subsistir:
“Aprendí con mi viejo. El me enseñó cómo había que hacer todo. Al principio me
costó un poco. Aunque por suerte me acostumbré rápido. Estoy acá para ayudar a
mis padres”.
La panchería es un negocio familiar. “Pocos de mis amigos
trabajan. El único día que tengo libre me encuentro con ellos, y salimos a
bailar. Nos gusta la cumbia.”
En cuanto al futuro, todavía no está muy
claro. “Quisiera estudiar, pero no sé bien qué.”
El rock, la vida, la muerte
- Germán Núñez, 22 años, Wilde
Soy
músico desde los 15 años”, asegura. Hoy, Germán tiene 22 y tres bandas en su
haber. Toca la batería y estudió en el Instituto de Música de Avellaneda. “Me
gusta el rock, porque mis padres también son rockeros. Ella es modelista en el
área textil y él es técnico electrónico. Ellos me inculcaron la cultura beatle,
Pink Floyd. Me hicieron escuchar a Charly García, que es mi dios.” Tanto, que
Germán conoció a Laura, su novia, hace cuatro años, en el recital que volvió a
reunir a Sui Generis. Con su grupo actual hace covers de The Doors. Germán vive
en Wilde, pero conoce al dedillo el circuito de pubs y clubes sociales de la
Capital. También conoce el otro circuito, aquel al que llegaron bandas como La
Renga.
Como a todo rockero, Cromagnon le significó un impacto fuerte.
“Esa noche me costó dormir porque presentía algo feo. Al día siguiente, me
enteré de que una amiga del barrio había muerto. Todavía no lo puedo entender.
Me parece imposible que esa chica no esté más.” A Germán se le quiebra la voz.
Pero sigue y cuenta que para solventar sus gastos, trabaja como empleado
administrativo. Está demasiado metido en el presente como para hablar de
proyectos a mediano plazo. Pero tiene un sueño: enseñarles música a chicos que
no tienen medios para estudiar.
La aventura
de vivir sola
- Sofi Levín, 18 años, Palermo
Un
año bisagra, bisagrísimo.” Así define Sofi, de 18, esta etapa de su vida. Hace
cuatro meses que empezó a vivir sola. Lo hizo en medio de las turbulencias de
una fuerte crisis vocacional. “Terminé de estudiar en el Liceo Francés en 2003.
Luego apliqué para irme a estudiar a París.” Pero, cuando faltaba un mes para
viajar, dijo “no voy”. Entonces empezó todo. “No paraba de pelearme con mi papá,
no sabía qué hacer con mis estudios. Empecé el CBC de Traductorado Público, me
cambié a Letras, luego a un instructorado de gimnasia aeróbica”, enumera,
riéndose. “Por momentos, la disyuntiva estaba entre que me iba a Francia o me
mudaba a vivir sola.” Optó por lo segundo. Consiguió algunos alumnos de francés
y, gracias a cierta “beca familiar”, pudo empezar a buscar departamento. “La
elección fue aceptada. De hecho, un par de veces había salido a mirar casas con
mi mamá. Me gustó ésta porque tenía luz y estaba en una zona bastante segura.”
Trasladó todos los muebles de su cuarto al flamante departamento de un ambiente.
El cambio de espacio le está dando la serenidad suficiente como para volver a
pensar la cuestión vocacional. Y no se arrepiente de haberse quedado en la
Argentina: “Siento más contención en este país que en cualquier otro con
economía de mercado más eficaz”.
Empezar a
amar
- Jonás Aldao, 18 años, San Telmo / Irina Prieto, 16
años, La Boca
Son novios desde hace un año. No se sienten
una excepción; en su grupo de amigos, esta continuidad es lo habitual. El
cumplió 18 en abril, y acusó recibo: “Cambiaron las exigencias. Me puse de
novio, enfoqué los estudios de manera distinta. Ahora, mi vid, la organizo yo”.
Ella es más chica; tiene 16, y se siente con derecho a seguir siendo
adolescente. Pero se pone muy seria al hablar de los afectos. “Los amores de
antes eran del momento. Ahora sé lo que es el amor verdadero. Quizás a los 23
esto no me parezca así, pero me siento madura. Llevamos un año de relación sin
mentiras, sin ocultarnos nada. Nos conocimos en la playa. Primero fue la
atracción física. Después nos enamoramos también de lo personal. Eso es el
noviazgo: cuanto te comprometés con una persona a estar juntos, ayudarse.” El le
sonríe, le toma la mano, asiente: “En el amor es importante la confianza”.
A diferencia de la mayoría de los chicos de su edad, ambos reconocen que
provienen de familias nada permisivas. “Mis viejos son tradicionales, pero creo
que hicieron las cosas bien –dice Jonás–. De todos modos, hace varios meses que
me empezaron a dar mayor libertad. En algún momento me gustaría irme a vivir
solo. A esta edad ya hay cosas de los padres que uno no soporta.”
Este
año Jonás vota, pero eso no le quita el sueño: “La política mucho no me
interesa, porque no veo diferencia entre votar a uno u otro candidato. Igual, es
necesario que haya democracia”.
La vida
rural, una elección
- Martín Ortega, 22 años, El Bolsón
Encontrar a Martín Ortega es fácil: sólo hay que seguir
los carteles que dicen Dulcería Río Azul y Cabalgatas Fofocahuel (caballo loco).
El camino termina en una chacra de 11 hectáreas, junto al mágico río Azul, en
medio de un bosque de cipreses, a seis kilómetros de El Bolsón. Acá nació este
joven de 22 años, hijo de uno de los ex hippies enamorados del lugar que
decidieron quedarse.
Martín también decidió quedarse. Estudió turismo en
Mendoza y regresó para trabajar en la chacrita, ocuparse de la hectárea
cultivada de frambuesas y de las cabalgatas como forma de vida.
“No me
interesa vivir en la ciudad”, explica mientras invita champagne de saúco,
elaborado por él sólo para los amigos (se cortan 12 flores de saúco al
atardecer, cuando concentran los aromas, 18 litros de agua, diez limones, un
kilo de azúcar y se deja macerar diez días para que se formen las burbujas). “Yo
fui a la ciudad y volví. Prefiero acá, que es más tranquilo y podés hacer algo
por tu cuenta.”
Ferviente defensor del progreso a partir de su esfuerzo
personal, Martín desconfía de los políticos. “Son un obstáculo para conseguir lo
que querés. Lo que hacen es sacarte plata.” El momento de quiebre institucional
que le tocó vivir con la caída de Fernando de la Rúa le nubló el futuro. “No
sabés qué podés hacer, pero cada 15 o 20 años las cosas en la Argentina son así.
Pasó y va a seguir pasando. Por eso, si no te vas, tenés que saber que estas
cosas pasan y hacer lo que vos querés.” Su caballo Sarco, que tiene un ojo
albino, pasta con calma. A lo lejos se recorta el cerro Tres Picos, nevado.
La llegada de Néstor Kirchner le dio una cuota de esperanza. “Bajó el
dólar, empezó a reactivarse el turismo. Cuando se devaluó el peso, para nosotros
fue buenísimo.” Siente que la economía está “un poco mejor, pero en el fondo
sospecha de que “Kirchner está haciendo buena letra para ganar una elección más.
Mucha confianza no le tengo tampoco”, confiesa. Martín no votó porque estaba
lejos de su domicilio, pero no lamenta no haberlo hecho. “Me gusta la historia y
sé que en la Argentina cada tanto paso algo grave, pero la forma de cambiarlo es
desde mi trabajo, desde lo que yo hago.”
La militancia es una palabra
que le es ajena, La vida rural lo alejó de las noticias, aunque en Mendoza leía
todos los diarios y se informaba por la televisión. Acá le basta con saber cómo
viene el clima para planificar su trabajo, en verano o en invierno. No sabe lo
que es Cromagnon, aunque sí de la magnitud de la tragedia. “Es una boludez.
Seguro que le pagaron una coima de 50 pesos al inspector y ya fue.”
¿Novia? “Puede ser” ¿Hijos? “No me pinta para nada. Tengo que hacer
otras cosas ahora: conocer la Argentina, viajar un poco más por el Norte.”
Su visión del Estado es de abulia. “Lo que preocupa es la desidia. A los
estatales no les importa nada. Están ahí eternamente y no hacen nada. Van
demasiado lerdos en comparación con los privados, que están dos años adelante.”
(Por Hernán Capiello. Foto: Fabián Marelli)
Por Diana Fernández
Irusta, con la colaboracion de Jorge Palomar
Fotos: Martín Lucesole y
Graciela Calabrese
Para saber más
http://www.ppba.org.ar/
http://www.indec.mecon.ar/
Números e ideas
- De los 12,9 millones de menores de 18 años que hay en la
Argentina, 7 millones viven en hogares pobres. De ellos, 2,9 millones son
indigentes. En el Noroeste, la pobreza entre menores de 18 años llega al 60%;
en la Capital es del 20% y en el segundo cordón del Gran Buenos Aires, hasta
Luján, llega al 60%. Y hay 1.300.000 jóvenes de entre 15 y 24 años que no
trabajan, ni estudian ni buscan empleo.
- Para el abogado laboralista Héctor Recalde, “es muy
frustrante para ellos trabajar de cualquier cosa menos de lo que han
estudiado. En nuestro país, cada año, 250.000 jóvenes reúnen las condiciones
para ingresar en el mercado laboral, pero eso no se concreta”.
- Para Guillermo Trípoli, licenciado en Ciencias
Políticas, profesor e investigador de la UBA, “hay que trabajar muy fuerte en
el concepto educativo. No apostar a zafar, a salarios en negro. El futuro de
los jóvenes no debe pasar por ahí”. Por su parte, el médico cirujano Eduardo
Palacio, especialista en medicina del trabajo, reflexiona: “Sabemos que el
trabajo dignifica a la persona, pero es imprescindible señalar los aspectos
desafortunados de nuestra educación y cultura, porque hay una connotación
negativa con respecto al esfuerzo y al trabajo. Los jóvenes reclaman empleo,
pero no están preparados para el esfuerzo, tampoco técnicamente”.
Juegos de seducción
Por Mirta Varela
Un punto importante de la
realidad actual es que está en crisis la posibilidad de sostener las asimetrías
entre adultos y jóvenes. Ocurre en distintos ámbitos: los políticos deben ser
simpáticos, los profesores no deben ser aburridos, los padres no pueden ser
antipáticos.
La cultura de masas se basa en una lógica populista, de
seducción permanente, y allí estamos. El problema es que no se puede ser padre o
ser docente y establecer una relación de seducción permanente con los chicos.
Por otra parte, los jóvenes de hoy son hijos de adultos que hacemos un
culto del estilo juvenil. Aparentemente, la transgresión es un valor dentro de
este estilo. Figuras exitosas como Pergolini, Tinelli o Suar, cultivan la
transgresión como valor y, al mismo tiempo, forman parte de una cultura que no
funciona por ruptura, sino por incorporación.
Todo es diferente cuando
se piensa lo joven como etapa de vida: en un momento se deja de ser niño para
ser joven; después se deja de ser joven para ser adulto. Nosotros nos criamos
con la idea de ser jóvenes, porque alguna vez íbamos a ser adultos. Hoy eso no
parece posible, y los jóvenes e confunden cuando los adultos son los que quieren
ser jóvenes eternos.
La autora es profesora de la Facultad de
Ciencias Sociales, UBA