La primera semana es de adaptación, y los especialistas aconsejan aumentar poco a poco la exigencia
La cuenta regresiva comenzó. El lunes, la gran mayoría de los chicos empezará
las clases.
"La gran expectativa suele estar puesta en el reencuentro
con los compañeros -explica la licenciada Gisela Untoiglich, coordinadora de
Posgrado de Psicopedagogía Clínica de Centro Dos-. Algunos necesitan más
incentivos y será importante que los padres los ayuden a construir esas
relaciones, que son las que les permitirán transcurrir más placenteramente las
largas jornadas en la escuela."
La licenciada Alicia Díaz Farina,
psicoanalista de niños y directora de Psicólogos y Psiquiatras de Buenos Aires,
coincide: "Si un chico tiene buena socialización generalmente quiere volver a la
escuela, no para estudiar sino para reencontrarse con sus amigos. La reticencia
podría indicar trabas de socialización o conflictos con los maestros. No sólo
hay chicos con problemas, hay también docentes con problemas".
La
licenciada Untoiglich, becaria de Investigación Doctoral en la Facultad de
Psicología de la UBA, apunta que el malestar del niño puede ocurrir porque la
exigencia o carga horaria de la escuela le resulten desmedidos.
"Y en
ese sentido es muy importante aceptar sus posibilidades y no presionarlo, a
riesgo de que no rinda y se valore poco y no tenga incentivos", advierte el
doctor Juan Manuel Bulacio, psiquiatra del Instituto de Ciencias Cognitivas
Aplicadas (ICAP) y jefe de la Sección Trastornos de Ansiedad del Servicio de
Psiquiatría del Hospital Francés. "Siempre es necesario un período de adaptación
cuando comienzan las clases. Es conveniente que las escuelas vayan despacio con
la exigencia para que los chicos no se agoten, porque asociarán el aula con algo
negativo. En algunas escuelas de doble turno tienen presente este problema y
durante la primera semana los chicos asisten medio día, hasta adaptarse."
Díaz Farina añade que es importante que no falten los primeros días de
clase para crearles el hábito de la asistencia, "aunque los más chiquitos digan
que tienen dolor de cabeza o de panza -comenta-. Además, tendrán que integrarse
más tarde al grupo".
La adaptación podrá ser más difícil ante cambios de
escuela, o si en la casa se produjeron situaciones especiales (separaciones, un
nuevo hermanito). Y Gisela Untoiglich señala posibles casos de estrés
postraumático en chicos que hayan estado cerca de la tragedia de Cromagnon. "Es
imprescindible que los docentes estén atentos -dijo la psicoanalista de Centro
Dos- y otorguen a estos niños alguna posibilidad de «tramitar» lo sucedido,
dialogando, escribiendo, dibujando o jugando."
Comienzos y premios
El primer día de la escuela primaria suele ser un recuerdo
imborrable. "Está cargado de expectativas -dice Gisela Untoinglich-. Hay padres
que quieren reeditar sus propias historias escolares y otros que buscan que sea
completamente distinta. Lo importante sería conectarse con ese hijo y ayudarlo a
que construya su historia, la propia."
"Es bueno acompañarlos reforzando
la idea de que a partir de ahora podrán acceder a un mundo nuevo -afirma Díaz
Farina-. Y es un buen momento para que cada familia ponga en claro su relación
con el conocimiento, el aprender, la curiosidad, algo que no se vincula con las
calificaciones o la exigencia, pero que puede favorecer -o no- el rendimiento
del chico."
Los especialistas no aconsejan promesas de regalos o premios
de acuerdo al boletín. "Pueden hacer perder de vista que el chico se forma para
sí mismo, no para satisfacer a la familia", dice Díaz Farina. Y Bulacio agrega
que no ve mal que un niño reciba regalos "siempre y cuando sea algo espontáneo,
no prometido, para no crearles condicionamientos".
El juego, una cosa
seria
Muy a menudo se asocia la escuela primaria con el aprendizaje
"en serio", sin espacio para juegos.
"Pero jugar también es un asunto
serio -dice la licenciada en Ciencias de la Educación Beatriz Sall, creadora y
directora de Planeta Juego-. No existe trabajo mayor que el que realiza un chico
cuando juega: mueve todas sus estructuras mentales. Por eso oponer el juego al
trabajo no tiene fundamento. Podemos jugar por el fin mismo del juego, que es lo
hacen los chicos a todas las edades, o bien tomar el juego como un medio para
lograr otro objetivo, y en ese sentido dar cabida en el aula al juego dirigido,
que incentiva y motiva."
Saal agrega que jugar ayuda a conocer
diferentes puntos de vista, a compartir y respetar reglas, a resolver
conflictos. Y que los maestros mantendrían una actitud lúdica, "preguntándose
cómo acercar contenidos a través del juego" porque "si ya en la escuela el chico
pierde la capacidad de jugar, cuando sea adulto transformará su tiempo de ocio
en tiempo de consumo en vez de convertirse en un ser humano capaz de disfrutar
de su tiempo libre".
Por Gabriela Navarra
De la Redacción de LA
NACION

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