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Todo empieza con una pequeña preocupación. La necesidad de dedicar ‘un poquito más’ de energía a eso que –uno cree–, le va a aportar grandes beneficios. El rendimiento laboral, el aspecto físico, la salud, las nuevas tecnologías. Con el tiempo, ese ‘poquito’ crece y cuando uno quiere darse cuenta, la pequeña preocupación abarca todos aquellos espacios que hasta ese momento estaban dedicados a la vida personal, los afectos. Deja de ser algo para pasar a ser todo. Se transforma en una adicción.
“En cualquiera de los casos, el límite está dado por la pérdida del equilibrio en la cotidianeidad del individuo. Son situaciones extremas en las que la vida gira en torno a una sola preocupación y el resto de los aspectos se ven relegados”, razona la licenciada Sara Raggio, integrante del equipo de la Asociación Ayuda. La psicoanalista Alicia Díaz Farina, directora de Psicólogos y Psiquiatras de Buenos Aires, explica: “Estas conductas impulsivas esconden una patología de base. El llegar al extremo implica la búsqueda de una contención que no se tuvo en otra instancia. Detrás de una compulsión, de algo que irrumpe y se manifiesta en una necesidad imperiosa, tenemos un principio de insatisfacción. Esto tiene que ver con la falta de parámetros adecuados en la etapa de formación del aparato psíquico, dados por la presencia materna y paterna”. Y agrega: “No les importa correr riesgos porque aquel que tiene esta conducta busca que le pongan límites”.

La oficina: hogar dulce hogar
Una de las patologías más evidentes de los tiempos modernos es la adicción al trabajo. “Nosotros nos dedicamos específicamente a los trastornos de ansiedad. Y vemos que la compulsión al trabajo se encuentra muy relacionada con el trastorno de ansiedad generalizada que, de hecho, es una preocupación excesiva durante un tiempo prolongado ante una situación que para el resto de la gente no resulta conflictiva. La vida entera gira en torno a lo laboral. Además, aparece la anticipación a veces catastrófica de lo que podría llegar a suceder si no se lleva el control de que todo esté saliendo bien. Les cuesta mucho delegar porque sienten que son los únicos que pueden resolver las situaciones correctamente. En general son personas con una elevada capacidad de trabajo pero a la larga, el nivel de estrés hace que disminuya su rendimiento”, apunta Raggio.
Mabel Candia y Mario Canale son directores de ICAS Argentina, filial local de la consultora del Reino Unido especializada en riesgos del comportamiento humano. “Brindamos un programa de asistencia que las empresas ponen a disposición de sus empleados. Desde allí contemplamos las situaciones que están afectando al trabajador, desde diferentes problemas particulares hasta la incapacidad de establecer un corte entre el trabajo y su vida personal. Es una problemática que ha ido aumentando en los últimos tiempos de la mano de una filosofía que, en teoría, ayuda a ser visto como buen empleado: trabajar más horas que las convenidas. La situación que estamos viviendo, hace que aparezca un gran temor a perder el empleo. Y también existen personalidades muy exitistas y competitivas a las que les va muy bien en lo que hacen pero, nuevamente, no logran establecer un límite”, dice Candia. A su lado, Canale apunta: “No es una situación que se dé únicamente en los niveles gerenciales. También puede suscitarse en los operarios, que sienten que no son capaces de cumplir con los objetivos que plantea la empresa, a pesar de que la demanda sea similar para todos”.

Enchufados
Cada vez más personas pasan el día entero conectadas a algún ‘aparato’. Teléfono celular, computadoras o T.V., las tecnologías evolucionan y se hace casi imposible prescindir de ellos. Quizás por eso, son muchos los que se vuelven compulsivos a la hora de consumirlos: ‘deben’ renovar el equipamiento constantemente para seguir ‘a la vanguardia’.
Desde que llegó a la Argentina, en 1995, el consumo de Internet registra un crecimiento constante (ver Más…). Para el común de la gente, se trata de una herramienta eficaz a la hora de llevar a cabo sus tareas cotidianas. Pero también existen aquellos cuya pasión por la Net, los lleva a quedarse noches enteras sin dormir, situación que obviamente afecta su desempeño cotidiano. Van descartando las amistades ‘reales’ para establecer vínculos ‘virtuales’ y terminan autoexcluyéndose para disfrutar más tiempo con su computadora.

Bella, bello, bella
“Los ’70 marcaron la anorexia, los ’80 la bulimia y ahora estamos viviendo una etapa que gira en torno a relaciones totalmente patológicas con la belleza y lo estético”, dice Raggio. “¿Y qué tiene de malo verse un poco mejor?”, preguntará usted. En principio, nada. El problema surge cuando se convierte en el único objetivo de vida y se multiplican las horas en el gimnasio, frente al espejo o, lo que es peor, en el consultorio del cirujano (ver Realidad...).
El término ‘vigorexia’ tiene unos pocos años. Se trata, ni más ni menos, de la adicción al ejercicio. Según coinciden los especialistas, las personas que padecen este trastorno, “ponen constantemente el cuerpo a prueba sin importar las consecuencias y en muchos casos consumen anabólicos, altamente perjudiciales para la salud”. A diferencia de los anoréxicos que siempre se ven gordos, los vigoréxicos suelen sentirse demasiado ‘pequeños’. Las condiciones climáticas e incluso las molestias físicas pasan a segundo plano en la vida de estas personas, que se angustian cuando no pueden cumplir con su rutina de entrenamiento.
En el plano de la nutrición también existen nuevas problemáticas. Es el caso de la ortorexia, el nombre que recibe la obsesión por consumir solamente comida ‘sana’: orgánica, vegetal, sin conservantes ni grasas (algunos sólo ingieren frutas o alimentos crudos). La forma de cocción y los materiales que se utilizan para la misma (utensilios de cerámica o madera) son parte del ritual. El resultado es una dieta pobre en nutrientes esenciales.

Todos para uno
En la mayoría de los casos, es muy difícil que las personas se den cuenta de que están teniendo una conducta patológica. Suele ser el entorno el que marca el problema. “Aparecen situaciones de riesgo y es importante buscar ayuda. Estas compulsiones conllevan mucho sufrimiento”, advierte Díaz Farina, quien apunta que las dificultades se superan con terapia. Y Raggio concluye: “Confluyen causas biológicas, psicológicas y culturales. Son patologías que siempre existieron, pero el contexto social y económico tan competitivo que estamos viviendo hace que se acentúen”. Las dificultades laborales, el consumo desmedido y el imperioso mandato de ser exitoso a cualquier precio –tres características clave del nuevo milenio–, hacen el resto.