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El que quiere celeste...
¿que le cueste?

 
Un poco de historia
Las imágenes sensacionalistas siempre fueron ‘vendedoras’ pero, si de televisión se trata, podríamos decir que en un principio, todo fue un talk show. Gente común y corriente se sentaba a exponer sus problemas
reales ante las cámaras y, con el correr del tiempo, el nivel de dramatismo y violencia fue in crescendo. ¿Cómo olvidar la mítica frase de Moria Casán? “Si querés llorar, llorá”. La ecuación es sencilla: más lágrimas = más rating. Los participantes también tenían su cuenta: más dramatismo = más minutos de pantalla. Así fue como nació ese grupo tan bien bautizado por el periodista Marcelo Polino: `los mediáticos’. Seres que trascendieron por el simple hecho de haber mostrado a través de las cámaras escándalos privados (y en muchos de los casos, poco creíbles).

Laura Fidalgo baila milonga con el soñador Gustavo Rojas

Silvina luna
Los que quedaron
Cuando estábamos empezando a cansarnos de ver a la familia Suller, Samanta Farjat y compañía (las ‘chicas’ del caso Coppola, ¿se acuerdan?) y demás mediáticos de turno, los reality show hicieron su irrupción en la televisión argentina. Expedición Robinson, Gran Hermano y El Bar fueron los pioneros. Pero sus protagonistas pasaron de ocupar las portadas de los principales diarios y revistas del país a quedar en el más absoluto de los olvidos. Al menos la mayoría. Sin lugar a dudas, Silvina Luna (ex Gran Hermano 1) y Pamela David (El Bar 1) fueron las que más provecho obtuvieron de sus 15 minutos de fama. Además de su incuestionable belleza, las chicas sacaron a relucir sus dotes artísticos y tras su salida de ‘la casa’, no dejaron de trabajar. En una segunda línea, podemos nombrar a Ximena Capristo, Natalia Fava, Pablo Heredia o Santiago Almeyda (también de Gran Hermano), que siguen peleando por su lugar en los medios. Los del rubro ‘musical’ tampoco lograron gran transcendencia. Aunque hubo excepciones: las Bandana hicieron lo suyo, al igual que el rionegrino Claudio Basso o el cordobés Pablo Tamagnini, ambos de Operación Triunfo.

 

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Hubo un tiempo en que para ser reconocido era necesario hacer algo importante: tener una carrera meritoria, ganar un premio, destacarse en alguna rama artística. Las cosas parecen haber cambiado, y hoy es poco lo que se pide para acceder a los ansiados 15 minutos de fama.

Brotan, aparecen, se reproducen, inundan las revistas de espectáculos, los eventos, la pantalla del televisor y uno se pregunta: ¿de dónde salieron? En la actualidad, es poco lo que se necesita para ser ‘conocido’ y, en directa oposición, son muchos los que aprovechan la movida para obtener los ansiados 15 minutos de fama. De un día para otro se convierten en figuras, y los vemos firmando autógrafos por la calle, desfilando por decenas de programas de tevé o posando para las revistas lookeados al mejor estilo celebrity internacional. ¿Qué hicieron para llegar a ese lugar? No siempre es fácil recordarlo. Son famosos y con eso alcanza. Es que hoy en día, la fama en sí misma es un mérito, y todo vale al momento de conseguirla. Aunque dure apenas un cuarto de hora.

Rezando espero
A pesar de que intenta ocultarlo, la cara de Juan tiene huellas de cansancio. Anoche casi no durmió pensando en el casting de Gran Hermano 4 y se levantó temprano para estar entre los primeros de la fila. “Te cambia totalmente la vida. Entrás a un programa tan grande como este y salís distinto”, comenta el joven de 22 años. Unos pasos más atrás, está Mariano, un morocho risueño de 20 años que asegura a quien quiera oírlo que su sueño es “ser famoso”. ¿Por qué? “Busco ser actor y elegí presentarme a esta selección porque te abre muchas puertas, como les pasó a los otros Gran Hermano”, responde en alusión a personajes como Silvina Luna y Pamela David (oriunda de El Bar, en este caso). De eso se trata, de estar, de figurar y de seguir alimentando el sueño mágico de que, en un instante y por obra del destino, la propia vida puede dar un vuelco.
“El reconocimiento del otro es fundamental para nuestra constitución psíquica”, explica el licenciado Hugo Pisanelli, Presidente de Psicólogos y Psiquiatras de Buenos Aires. Y continúa: “El hecho de que haya gente dispuesta a todo con tal de figurar probablemente tenga que ver con la misma apuesta infantil –inconsciente– que se repite como si no hubiera algún registro del reconocimiento familiar que permitiera –a cada cual y por marcas diferentes–, sentirse seguro en el mundo. La cultura va cambiando y el corrimiento de la función paterna está produciendo diferentes efectos en la actualidad, uno de ellos es la falta de confianza. En los 70, cuando sabíamos que en cualquier momento alguien apretaba un botón y comenzaba la guerra nuclear, el paradigma cultural era ‘hagamos el amor y no la guerra’. El amor nos daba cierta seguridad. Esto hoy en día no ocurre, y el peligro es mayor. Parece que hay menos estructuras para responder al amor, a la familia, a la carrera, a la sexualidad, y aparecen los suplementos o prótesis como ‘necesarios’: las drogas, la automedicación o, en otro extremo, el ideal de que un ‘éxito’ cambiará la vida”.
Sonia y Romina (24 y 23 años respectivamente) coinciden: “Queremos darnos a conocer, nos seduce mucho la idea de aparecer en la pantalla”. ¿Cuál es su gracia? ¿Saben actuar, cantar, bailar, conducir, presentar noticias? Nada de nada. “Parte de este fenómeno se debe a que, en el contexto de la posmodernidad, la televisión se ha transformado en un medio legitimador frente a la clara pérdida de credibilidad en las instituciones básicas –analiza la doctora Gabriela Fabbro, a cargo de la Coordinación del Observatorio de la Televisión de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral–. Esto sumado a que la escala de valores ha cambiado notoriamente y, de hecho, la propia televisión se ha erigido como instauradora de valores (¿o disvalores?) tales como vivir el instante, la pérdida de la idea de proyecto, el individualismo, la fragmentación, la atomización, el todo vale, la imagen como simulacro, el relativismo. Nuestras ficciones televisivas plantean este tema muy claramente: ¿quiénes trabajan en nuestras ficciones? ¿En qué programas se ‘premia’ el esfuerzo? Todo se mide desde el facilismo o el azar”.

Simplemente estar
A principios de este año, la cadena MTV anunció el lanzamiento de lo que llamaron Quiero estar en MTV: una serie de programas que ofrecían a los jóvenes la posibilidad de “realizar su sueño de formar parte de la pantalla de la señal”. Shows como Next (un programa de citas), Tiara Girls (la historia de un grupo de chicas –y sus padres– que sueñan con ser reinas de belleza en diferentes concursos), Quiero mis quinces (la organización, los nervios, la previa y el desarrollo de la fiesta de 15) e Invadecuartos Latinoamérica (como su nombre lo indica, los eligen por la originalidad de sus cuartos), entre otros.
“Las fronteras entre lo privado y lo público se han debilitado y, a veces, los espectadores quieren compensar la soledad y la incomunicación que los inquieta con el reconocimiento de unos ‘otros’ cuyo desinterés, sus sanciones o, incluso, sus estímulos son menos dolorosos o valorados que los de los ‘otros’ próximos”, reflexiona la doctora María Teresa Baquerin de Riccitelli,
Coordinadora Académica del Instituto de Comunicación Social, Periodismo y Publicidad de la UCA.
Para analizar este fenómeno, la especialista recuerda los antecedentes de estas nuevas propuestas televisivas: “En la tevé conviven de modo sincrético ficción y
realidad. Estas últimas, contadas por el periodismo. Los noticieros están plagados de temas domésticos interpretados por los propios protagonistas. Frente a ese tratamiento informativo, poco a poco los espectadores se van acostumbrando a que los involucrados –y no los profesionales– cuenten sus dolores frente a la cámara. De este modo, se naturaliza que lo privado se convierta en público, y los temas abordados se hagan cada vez más íntimos. Esta modalidad se fue trasladando a otros formatos televisivos y fue preparando el camino a la televisión de las ‘estrellas fugaces’”.
¿A qué responde ese deseo de encontrar un reconocimiento masivo? Riccitelli es clara: “En una sociedad donde se valoriza lo externo y que define a la persona por lo que muestra o lo que luce, ubicarse en la vidriera de un medio de comunicación se convierte en un objetivo por cumplir. El reconocimiento es un diferencial social que no está atado al esfuerzo sino al espectáculo. Por un breve lapso de tiempo, el hombre común deja de ser anónimo y se transforma en protagonista. Si pensamos que de algún modo los actores o las modelos son ‘elegidos’, la pérdida del anonimato, aunque sea momentánea, transfiere esa propiedad al hombre común. Por otra parte, cuando los discursos de quienes toman decisiones se vacían de contenido y se apunta a la imagen más que a las argumentaciones racionales, el espectador pierde el respeto a la exposición y se anima a una trascendencia efímera: opina, busca consejos, se convierte en litigante”.

Cuando sea grande…
Allá lejos quedaron m’hijo el do’tor, el abogado, el contador… Ahora los chicos quieren ser simplemente ‘famosos’. “Mi sueño, como creo que el de todo el mundo, es ser una actriz famosa”, sostiene Melisa, de 13 años, mientras espera paciente para hacer la prueba para protagonizar una tira infantil. A su lado, su madre asiente: “Yo la apoyo mucho en esto. No la traigo para que gane plata pero, por supuesto, me gustaría que le paguen bien para que se pueda comprar sus cositas”. Dafne (14) aguarda ansiosa su turno: “Siempre quise ser actriz y mis padres me apoyan en esto. Puede que me atrase un poco en el colegio si quedo elegida, pero no me importa porque es lo que yo quiero hacer para mi vida”, dice.
Modelo, animador, actores, actrices… “Son figuras conocidas y dan la idea de que obtienen un mayor rédito económico, quizás por eso estas actividades van ocupando lugar en los ideales del imaginario social”, arriesga Pisanelli. Por su parte, Riccitelli agrega: “Tiene que ver con los modelos sociales. Las profesiones tradicionales están ligadas al esfuerzo y, no pocas veces, a dificultades para la inserción laboral y la tranquilidad económica. Las actividades relacionadas con el espectáculo confieren una forma de reconocimiento rápida y a veces muy redituable”. Y Fabro apunta: “Ha cambiado también la concepción de modelo o ídolo, para seguir. Lo efímero y fugaz construyen los mitos actuales. Al no haber idea de proyecto no hay proyección posible en referentes emblemáticos, y se cree en los personajes del momento. Por otro lado, alcanza con ver el grado de producción de los niños que participan en cualquiera de los concursos televisivos para darse cuenta de que, en gran medida, están cumpliendo con las frustraciones de sus propios padres”.
Algo de eso tuvo la experiencia de Noelia Soto, una de las finalistas de Latin American Idol. “Vengo de una ciudad muy chica, Comodoro Rivadavia. Todo el tiempo me mandaban mensajes y me llamaban desde allí porque mi papá les había dado mi teléfono. Hasta me enviaron la foto de un paredón con mi nombre pintado. También tengo un club de fans, cosa que nunca hubiese imaginado. Viví el sueño junto a todos ellos. Llegué hasta donde llegué gracias al cariño y el apoyo de esa gente que se reía y se emocionaba conmigo”.

La culpa no es del chancho…
Tampoco vamos a rasgarnos las vestiduras. Si estos programas se hacen, es porque la gente los ve. Y, definitivamente, porque rinden. “El atractivo para los medios es económico: bajo costo y alto rendimiento –sintetiza Riccitelli–. La exhibición de sentimientos espectacularizados es una estrategia fácil. Si, como sabemos, en la actualidad los usuarios de Internet pueden mostrar su intimidad a través de videos en sitios especializados, la televisión compite con nuevos modos de espectáculos que ofrecen recursos provocativos más que estéticos. El público ha pasado de la recepción a la interacción merced a las nuevas tecnologías, y los medios tradicionales tratan, en consecuencia, de incorporar formas diferentes de participación. Por ejemplo, combinar la actuación de un famoso con una persona común”. Las cifras le dan la razón. Cuestión de peso (ver El reality…) es un fenómeno de convocatoria. Y no en vano


Bailando por un sueño (el segmento de ShowMatch en el que un famoso concursa junto a un ‘soñador’ anónimo para que logre cumplir su sueño) es el único programa que supera en rating al aclamado Montecristo.
“Como plantea el teórico chileno Valerio Fuenzalida, los televidentes realizamos un proceso de interpretación o resignificación por medio del cual se perciben como educactivos programas que no fueron pensados con tal fin. En ellos, el público ve situaciones, informaciones y conductas que siente necesarias para conducirse en la vida diaria, colectiva e individual. Es interesante también preguntarse si esta ‘telerrealidad’ representa la generalidad. Finalmente, los sujetos que intentan los 15 minutos de fama son la excepción y pierden todo tipo de parámetros con tal de llegar al objetivo. Pierden lo que tienen de común para pasar a ser el otro, que no es auténtico”, argumenta Fabro.
En este camino entonces, es de esperar que sigamos encontrando estrellas fugaces que aparecen y desaparecen en un abrir y cerrar de ojos. Pero como decía la emblemática profesora Lydia Grant en la serie Fama, “La fama cuesta. Y hay que pagarla con sudor…” El resto es eso, una ilusión que empieza y termina en apenas un cuarto de hora.

Con peso propio
Portfolios desnudos, cirugías estéticas, concursos infantiles, pruebas desagradables y difíciles, el listado de rubros es extenso. Pero pocos lograron tanto impacto como Cuestión de peso, el programa de Endemol que Canal 13 puso al aire este año y que pretende enseñar a los obesos a bajar de peso. Con un equipo de especialistas comandado por el Dr. Cormillot y la conducción de la actriz Andrea Politti (quien se involucró tanto con el tema que terminó encabezando una marcha al Congreso de la Nación para reclamar la sanción de una ley que eleve la obesidad al rango de enfermedad), cuenta con un staff fijo de participantes que ya han alcanzado el grado de ‘estrellas’. Al frente está Cecilia Rolle, una rosarina conocida por todos como ‘la Chechu’ que lleva bajados casi 60 kilos (empezó con 138.2 y ahora pesa 80). Pero no es la única. Guadalupe Camiña (bajó 70 kilos) se convirtió en la cara de una marca de ropa de talles especiales y, como no podía ser de otra manera, encabezó junto a sus compañeras el desfile en el que se presentó la nueva colección de diseños.


La foto: Andrea Politti y la Chechu, frente al Congreso

 
 
 
Por: Einat Rozenwasser / Informe: Pupy Ortiz Basualdo / Fotos: Macarena Otero y jorgeamadonewman.com.ar y gentileza Ideas del Sur y