Brotan, aparecen, se
reproducen, inundan las revistas de
espectáculos, los eventos, la pantalla del
televisor y uno se pregunta: ¿de dónde salieron?
En la actualidad, es poco lo que se necesita
para ser ‘conocido’ y, en directa oposición, son
muchos los que aprovechan la movida para obtener
los ansiados 15 minutos de fama. De un día para
otro se convierten en figuras, y los vemos
firmando autógrafos por la calle, desfilando por
decenas de programas de tevé o posando para las
revistas lookeados al mejor estilo celebrity
internacional. ¿Qué hicieron para llegar a ese
lugar? No siempre es fácil recordarlo. Son
famosos y con eso alcanza. Es que hoy en día, la
fama en sí misma es un mérito, y todo vale al
momento de conseguirla. Aunque dure apenas un
cuarto de hora.
Rezando
espero A pesar de que intenta
ocultarlo, la cara de Juan tiene huellas de
cansancio. Anoche casi no durmió pensando en el
casting de Gran Hermano 4 y se levantó temprano
para estar entre los primeros de la fila. “Te
cambia totalmente la vida. Entrás a un programa
tan grande como este y salís distinto”, comenta
el joven de 22 años. Unos pasos más atrás, está
Mariano, un morocho risueño de 20 años que
asegura a quien quiera oírlo que su sueño es
“ser famoso”. ¿Por qué? “Busco ser actor y elegí
presentarme a esta selección porque te abre
muchas puertas, como les pasó a los otros Gran
Hermano”, responde en alusión a personajes como
Silvina Luna y Pamela David (oriunda de El Bar,
en este caso). De eso se trata, de estar, de
figurar y de seguir alimentando el sueño mágico
de que, en un instante y por obra del destino,
la propia vida puede dar un vuelco. “El
reconocimiento del otro es fundamental para
nuestra constitución psíquica”, explica el
licenciado Hugo Pisanelli, Presidente de
Psicólogos y Psiquiatras de Buenos Aires. Y
continúa: “El hecho de que haya gente dispuesta
a todo con tal de figurar probablemente tenga
que ver con la misma apuesta infantil
–inconsciente– que se repite como si no hubiera
algún registro del reconocimiento familiar que
permitiera –a cada cual y por marcas
diferentes–, sentirse seguro en el mundo. La
cultura va cambiando y el corrimiento de la
función paterna está produciendo diferentes
efectos en la actualidad, uno de ellos es la
falta de confianza. En los 70, cuando sabíamos
que en cualquier momento alguien apretaba un
botón y comenzaba la guerra nuclear, el
paradigma cultural era ‘hagamos el amor y no la
guerra’. El amor nos daba cierta seguridad. Esto
hoy en día no ocurre, y el peligro es mayor.
Parece que hay menos estructuras para responder
al amor, a la familia, a la carrera, a la
sexualidad, y aparecen los suplementos o
prótesis como ‘necesarios’: las drogas, la
automedicación o, en otro extremo, el ideal de
que un ‘éxito’ cambiará la vida”. Sonia y
Romina (24 y 23 años respectivamente) coinciden:
“Queremos darnos a conocer, nos seduce mucho la
idea de aparecer en la pantalla”. ¿Cuál es su
gracia? ¿Saben actuar, cantar, bailar, conducir,
presentar noticias? Nada de nada. “Parte de este
fenómeno se debe a que, en el contexto de la
posmodernidad, la televisión se ha transformado
en un medio legitimador frente a la clara
pérdida de credibilidad en las instituciones
básicas –analiza la doctora Gabriela Fabbro, a
cargo de la Coordinación del Observatorio de la
Televisión de la Facultad de Comunicación de la
Universidad Austral–. Esto sumado a que la
escala de valores ha cambiado notoriamente y, de
hecho, la propia televisión se ha erigido como
instauradora de valores (¿o disvalores?) tales
como vivir el instante, la pérdida de la idea de
proyecto, el individualismo, la fragmentación,
la atomización, el todo vale, la imagen como
simulacro, el relativismo. Nuestras ficciones
televisivas plantean este tema muy claramente:
¿quiénes trabajan en nuestras ficciones? ¿En qué
programas se ‘premia’ el esfuerzo? Todo se mide
desde el facilismo o el azar”.
Simplemente
estar A principios de este
año, la cadena MTV anunció el lanzamiento de lo
que llamaron Quiero estar en MTV: una serie de
programas que ofrecían a los jóvenes la
posibilidad de “realizar su sueño de formar
parte de la pantalla de la señal”. Shows como
Next (un programa de citas), Tiara Girls (la
historia de un grupo de chicas –y sus padres–
que sueñan con ser reinas de belleza en
diferentes concursos), Quiero mis quinces (la
organización, los nervios, la previa y el
desarrollo de la fiesta de 15) e Invadecuartos
Latinoamérica (como su nombre lo indica, los
eligen por la originalidad de sus cuartos),
entre otros. “Las fronteras entre lo privado
y lo público se han debilitado y, a veces, los
espectadores quieren compensar la soledad y la
incomunicación que los inquieta con el
reconocimiento de unos ‘otros’ cuyo desinterés,
sus sanciones o, incluso, sus estímulos son
menos dolorosos o valorados que los de los
‘otros’ próximos”, reflexiona la doctora María
Teresa Baquerin de Riccitelli, Coordinadora
Académica del Instituto de Comunicación Social,
Periodismo y Publicidad de la UCA. Para
analizar este fenómeno, la especialista recuerda
los antecedentes de estas nuevas propuestas
televisivas: “En la tevé conviven de modo
sincrético ficción y realidad. Estas
últimas, contadas por el periodismo. Los
noticieros están plagados de temas domésticos
interpretados por los propios protagonistas.
Frente a ese tratamiento informativo, poco a
poco los espectadores se van acostumbrando a que
los involucrados –y no los profesionales–
cuenten sus dolores frente a la cámara. De este
modo, se naturaliza que lo privado se convierta
en público, y los temas abordados se hagan cada
vez más íntimos. Esta modalidad se fue
trasladando a otros formatos televisivos y fue
preparando el camino a la televisión de las
‘estrellas fugaces’”. ¿A qué responde ese
deseo de encontrar un reconocimiento masivo?
Riccitelli es clara: “En una sociedad donde se
valoriza lo externo y que define a la persona
por lo que muestra o lo que luce, ubicarse en la
vidriera de un medio de comunicación se
convierte en un objetivo por cumplir. El
reconocimiento es un diferencial social que no
está atado al esfuerzo sino al espectáculo. Por
un breve lapso de tiempo, el hombre común deja
de ser anónimo y se transforma en protagonista.
Si pensamos que de algún modo los actores o las
modelos son ‘elegidos’, la pérdida del
anonimato, aunque sea momentánea, transfiere esa
propiedad al hombre común. Por otra parte,
cuando los discursos de quienes toman decisiones
se vacían de contenido y se apunta a la imagen
más que a las argumentaciones racionales, el
espectador pierde el respeto a la exposición y
se anima a una trascendencia efímera: opina,
busca consejos, se convierte en litigante”.
Cuando sea
grande… Allá lejos quedaron
m’hijo el do’tor, el abogado, el contador… Ahora
los chicos quieren ser simplemente ‘famosos’.
“Mi sueño, como creo que el de todo el mundo, es
ser una actriz famosa”, sostiene Melisa, de 13
años, mientras espera paciente para hacer la
prueba para protagonizar una tira infantil. A su
lado, su madre asiente: “Yo la apoyo mucho en
esto. No la traigo para que gane plata pero, por
supuesto, me gustaría que le paguen bien para
que se pueda comprar sus cositas”. Dafne (14)
aguarda ansiosa su turno: “Siempre quise ser
actriz y mis padres me apoyan en esto. Puede que
me atrase un poco en el colegio si quedo
elegida, pero no me importa porque es lo que yo
quiero hacer para mi vida”, dice. Modelo,
animador, actores, actrices… “Son figuras
conocidas y dan la idea de que obtienen un mayor
rédito económico, quizás por eso estas
actividades van ocupando lugar en los ideales
del imaginario social”, arriesga Pisanelli. Por
su parte, Riccitelli agrega: “Tiene que ver con
los modelos sociales. Las profesiones
tradicionales están ligadas al esfuerzo y, no
pocas veces, a dificultades para la inserción
laboral y la tranquilidad económica. Las
actividades relacionadas con el espectáculo
confieren una forma de reconocimiento rápida y a
veces muy redituable”. Y Fabro apunta: “Ha
cambiado también la concepción de modelo o
ídolo, para seguir. Lo efímero y fugaz
construyen los mitos actuales. Al no haber idea
de proyecto no hay proyección posible en
referentes emblemáticos, y se cree en los
personajes del momento. Por otro lado, alcanza
con ver el grado de producción de los niños que
participan en cualquiera de los concursos
televisivos para darse cuenta de que, en gran
medida, están cumpliendo con las frustraciones
de sus propios padres”. Algo de eso tuvo la
experiencia de Noelia Soto, una de las
finalistas de Latin American Idol. “Vengo de una
ciudad muy chica, Comodoro Rivadavia. Todo el
tiempo me mandaban mensajes y me llamaban desde
allí porque mi papá les había dado mi teléfono.
Hasta me enviaron la foto de un paredón con mi
nombre pintado. También tengo un club de fans,
cosa que nunca hubiese imaginado. Viví el sueño
junto a todos ellos. Llegué hasta donde llegué
gracias al cariño y el apoyo de esa gente que se
reía y se emocionaba conmigo”.
La culpa no
es del chancho… Tampoco vamos a rasgarnos las
vestiduras. Si estos programas se hacen, es
porque la gente los ve. Y, definitivamente,
porque rinden. “El atractivo para los medios es
económico: bajo costo y alto rendimiento
–sintetiza Riccitelli–. La exhibición de
sentimientos espectacularizados es una
estrategia fácil. Si, como sabemos, en la
actualidad los usuarios de Internet pueden
mostrar su intimidad a través de videos en
sitios especializados, la televisión compite con
nuevos modos de espectáculos que ofrecen
recursos provocativos más que estéticos. El
público ha pasado de la recepción a la
interacción merced a las nuevas tecnologías, y
los medios tradicionales tratan, en
consecuencia, de incorporar formas diferentes de
participación. Por ejemplo, combinar la
actuación de un famoso con una persona común”.
Las cifras le dan la razón. Cuestión de peso
(ver El reality…) es un fenómeno de
convocatoria. Y no en vano
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