|
Por Sonia Santoro
Vamos a ver cómo es ... el reino del revés. Me dijeron que en el
reino del revés... El tema de María Elena Walsh podría considerarse
una muestra infantil de lo que la llamada peor crisis de la historia
Argentina tiene para ofrecer día a día a cada uno de sus habitantes,
sea del estrato social, partido político o religión que fuere. Hasta
el momento, la sociedad parecía contar con “sujetos locos”
que rápidamente eran aislados para su tratamiento. Pero, ¿qué pasa
cuando es la realidad la que se vuelve loca? El licenciado Hugo
Pisanelli, psicoanalista, supervisor de consultorios externos de
los Hospitales José T. Borda y Tobar García y director de Psicólogos
y Psiquiatras de Buenos Aires (www.ppba.com.ar)
intenta dar respuesta a ésta y otras preguntas que, en el país del
corralito, los cacerolazos y la devaluación, parecen ser poco menos
que lo único que importa.
–Habría que definir qué sería que la realidad se volviera
loca –dice Pisanelli–. Creo que el mejor parámetro para
medir esto es que la realidad tenga una lógica diferente a la que
tenía. Por ejemplo, la más simple: uno más trabaja, más se esfuerza,
más gana dinero, para tener mayor bienestar. Esa lógica no solamente
no funciona sino que funciona al revés: cuando logra trabajar, más
trabaja, más se esfuerza, menos gana. Y eso se puede comparar con
la locura, es un exceso que una lógica no funcione.
–Incluso a los que tienen trabajo y ganan poco les parece
injusto que los que no lo tienen reciban comida o asistencia. Pienso
en los enfrentamientos desocupados y changarines del Mercado Central.
–Es que, justamente, en ese sentido es en donde más claramente
se ve la locura: donde se pierde la solidaridad. Y esto tiene que
ver con la ubicación de cada uno. Es decir, si esta gente tuviera
una cierta conciencia de clase –en los 70 se le llamaba conciencia
de clase–, probablemente no sentiría como peligrosa a la misma
“clase” o a una subclase parecida. Y esto complica mucho
la cuestión porque empieza a aparecer lo que se llama agresividad
frente al semejante que no se lo ve como semejante, “es él
o yo”, es excluyente. Y ésta es una lógica de la locura también.
La psicosis tiene mucho de eso: los crímenes que tienen que ver
con la locura tienen que ver con un sentimiento profundo y terrible
de exclusión a muerte.
–Esto habla del individualismo, que también es una característica
del capitalismo, ¿sería un punto de llegada?
–En realidad, el ser humano es un ser gregario, de movida
es el mamífero que más prematuro nace con respecto a los otros mamíferos.
Un potrillo nace y a la hora está caminando. El hombre necesita
un año para moverse por sus propios medios. Con lo cual depende
mucho del otro, el otro es la madre, el padre. Y en el sociedad
se depende de las autoridades que uno elige. El individualismo es
lo más alejado de todo esto. No por una cuestión ideológica sino
por una cuestión de maduración el individualismo es un punto de
llegada. Pero esto es distinto porque ya no estamoshablando del
fenómeno sino de los efectos del fenómeno. El fenómeno, la locura,
produce aislamiento. El loco está aislado. Y, en ese sentido, también
se puede hacer un paralelismo en el punto donde el individualismo
es una de las formas donde el sujeto puede responder a esa realidad.
O responde siendo más gregario, más solidario, tendiendo lazos con
sus pares, viendo cómo se defiende. O responde encerrándose, con
todo el riesgo que tiene la retracción que uno hace del medio; y
que puede ir desde el medio social, al familiar y quedar totalmente
retraído. Esto puede ocasionar, en algún punto, cierto fortalecimiento
porque uno puede retraerse para adentro para fortalecerse y volver
a salir. Ahora, si uno se queda ahí esto puede hacer que inclusive
vaya contra sí mismo y empiece a hacerse daño.
–Usted decía que la persona puede aislarse o puede juntarse.
Los cacerolazos parecen responder a esto último.
–Sí, responden mucho a esto. Los cacerolazos tienen varias
características muy, pero muy importantes. La primera de ellas es
que la clase media en Argentina, y sobre todo en Buenos Aires, es
una clase poco movilizada, muy pocas veces se movilizó y se frustra
muy rápidamente. La última gran movilización probablemente haya
sido la de Semana Santa de Alfonsín.
–Y en esa oportunidad, justamente, se sintió defraudada.
–Sí, pero además esta clase poco propensa, muy individualista
en algún punto para moverse, no se siente representada ni por los
gremialistas, ni por los políticos. Con lo cual también es difícil
que vaya detrás de tal o de cual. Entonces, piensa “qué hago,
cómo me movilizo, cómo le digo al de al lado que salgamos juntos”.
Con lo cual, hacer ruido con algo es llamar al de al lado a que
haga ruido con algo, y llamar al de al lado... es tan antiguo como
la piedra, en las tribus hacían eso para comunicarse de unas a otras
cuando había un peligro. Y en este punto creo que esto cumple con
otra función. El cacerolazo no es una marcha de silencio. Esto es
un tipo de expresión que permite también la salida de aquello que
pueda ser nocivo para el cuerpo del sujeto a través de la expresión
física como es tocar una cacerola, golpear, moverse, caminar, gritar.
Todo esto es muy bueno para el sujeto porque puede evitar que se
enferme.
–¿Cómo regular o equilibrar esta locura para poder vivir cada
día?
–Es difícil, yo creo que justamente tiene que ver con las
características de cada sujeto, en cómo va constituyendo las formas
de reacción y esto lo pone o lo saca de la enfermedad. Pero hay
gente que no puede salir a la calle y esto en lugar de hacerlo salir
le hace entrar en pánico, gente que tiene fobia a la salida, que
les tiene miedo a las multitudes y no lo sabía. Pero una experiencia
social donde toda la sociedad se vuelve loca ya no es una cuestión
de sujetos. Hay una realidad social que molesta, que irrita, que
duele, que restringe, que inhibe, que frustra, pero al mismo también
priva. Y esto tiene límites de soporte muy relativo, hay sujetos
que han soportado mucho. Por ahí si siguen soportando mucho es patológico,
¿por qué hay que soportar tanto? Entonces, en algún punto, la molestia
no es algo del orden de la enfermedad, es algo del orden de la salud.
–Hoy hay que hacer colas, hay que esperar que lo peor pase,
hay que esperar para todo. ¿Qué pasa con lo afectivo, también se
paraliza?
–Vos me preguntabas qué control puede tener el sujeto en todo
esto. Así como el malestar tiene que tener ese lugar importante
para no permitir que la injusticia siga avanzando, también en lo
personal uno tiene que ponerle un coto a esto. Decir “voy
a protestar, protesté... fantástico, eso tiene que servirme para
poder hacer mi vida familiar, para poder estar con mi mujer, para
poder estar con mis hijos, para poder dormir esta noche”.
Porque si no hace a esa diferencia sirve para un efecto pero no
para lo más importante.
–Pero parece que no es tan fácil hacer eso.
-Bueno, ahí es donde entra el tema de la salud. Yo sugiero que la
gente que no puede hacer esto consulte a un profesional.
–Se supone que el estrés es positivo porque el sujeto puede
adaptarse a distintos estímulos, ¿pero qué pasa cuando está en alerta
permanente, cuando esto se hace crónico?
–Como vos decís, el estrés es una respuesta del sujeto a una
exigencia “externa”. El sujeto escucha un ruido muy
fuerte, se prepara, se agazapa, el corazón le late fuerte, aumenta
la adrenalina. Ahora, ¿qué pasa cuando ese sujeto vive agazapado
esperando que venga el ruido o que venga algo y vive con palpitaciones?
Una solución es decir “paro acá y desensillo hasta que aclare,
mañana seguramente va a haber otro problema pero me enteraré mañana,
ahora es hora de dormir o de hacer el amor o de jugar con los chicos”,
fantástico, porque se cumple el ciclo de parar. Si esto no ocurre,
se enferma.
–Por otro lado, la gente común además está obligada a convertirse
en experta en economía, algo para lo que no está preparada. ¿Cómo
hacer para no sentir que de todos lados lo están perjudicando?
–Bueno, pero ésta es una exigencia de una locura social. Porque
se supone que en una sociedad alguien sabe de economía, alguien
sabe de política, alguien sabe de seguridad, y nosotros desligamos
eso para no tener que ocuparnos personalmente. Si nosotros nos tenemos
que ocupar de eso, es un tema muy serio porque no podemos delegar,
tenemos que saber de todo. Y lo peor de todo es que escuchamos a
gente que en realidad tampoco sabe demasiado de lo que habla. Nadie
puede saber de todo. Y esto tiene relación con otro aspecto. Los
argentinos venimos bombardeados por palabras tales como dolarización,
devaluación, hiperinflación... Y esto al sujeto común lo atraviesa.
La dolarización le produce dolores, la devaluación lo desvaloriza,
la hiperinflación lo engorda, esto sobre todo les pasa a las mujeres.
Estos atravesamientos de estas palabras, que no tenemos la más remota
idea de lo que quieren decir, nos hacen un efecto, nos atraviesan
de una forma que terminamos padeciendo aquello de lo que queremos
saber. Yo creo que en este momento los argentinos somos la población
más devaluada que existe.
–Todo eso precedido por meses de riesgo país.
–Eso está hablando de que permanente nos ponemos en riesgo.
–Ahora el corralito.
–El corralito nos hace niños y respondemos como niños todo
el tiempo. ¿Te acordás del corralito para los chicos, para que no
se fueran ni se hicieran daño? Bueno, así nos tratan. Y nosotros
nos sentimos como si estuviéramos en el corralito. Le hacen creer
al presidente que si la gente va a pedir la guita, los bancos no
la tienen y quiebran, entonces, se produce una hecatombe. ¿A quién
le cree? ¿A los bancos internacionales que le dicen que no tienen
plata? Hay que ser infantil para creerles.
–¿Y cómo viven esto los chicos y adolescentes reales?
–El chico es el síntoma del padre. Los padres para los chicos
son algo así como ese lugar de amortiguación de lo que el medio
produce y los padres cada vez menos pueden soportar esta amortiguación.
Los chicos tienen síntomas: insomnio, problemas de alimentación,
pavores nocturnos. Los adolescentes están más con el tema de las
adicciones, la bulimia y la anorexia. Lo podemos comparar, tranquilamente,
con una crisis de guerra. En una crisis de guerra hay muertos, hambre,
desocupación, violencia, desabastecimiento, no hay seguridad. Todo
eso pasa ahora. Pero es una guerra que tiene un enemigo muy poco
visible. Y eso es mucho peor. El enemigo está en todos lados. ¿Qué
pasa cuando se desconfía de todo y de todos? Eso termina enfermando
a la gente, se vuelve paranoica.
–O sea que el diagnóstico es que la sociedad está enferma.
–El diagnóstico es que sí, que la sociedad está en crisis,
una crisis muy muy grave, que está casi al borde de la enfermedad.
Está muy desintegrada y éste es un tema muy serio.
|