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salud
el trauma de ser argentino/a
El psicoanalista Hugo Pisanelli y la psicóloga social
Ana Quiroga analizan en esta nota si el concepto de “estrés
postraumático” puede aplicarse a una sociedad entera cuando, como la
argentina, lo público se infiltró de una manera inédita en la
subjetividad de cada individuo. |
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Por Sonia Santoro
Se dice que a
los países latinoamericanos les pasa lo mismo que a una mujer
golpeada, que llega a padecer estrés postraumático. Y esto, a nivel
social, se traduce en una falta de energía colectiva y en la
desarticulación del tejido social. El último año, la Argentina
golpeó cada vez más duro a sus habitantes, los dejó sin los derechos
básicos a comer, a tener asistencia sanitaria, a tener un trabajo, a
conservar sus ahorros, entre otras cosas. ¿Se puede pensar que la
sociedad está padeciendo estrés postraumático? ¿Es válido aplicar
criterios médicos o psicológicos para análisis sociales? Un
psicoanalista y una psicóloga social, desde lugares bien distintos,
llegan a conclusiones parecidas. Con espíritu pedagógico Hugo
Pisanelli, director de Psicólogos y Psiquiatras de Buenos Aires,
explica que traumatismo es básicamente “algo que excede las
posibilidades de solución de un sujeto” y que estrés patológico es
cuando el estado de alerta con que “el organismo reacciona frente a
algo” se mantiene en el tiempo. Pero ya el propio Freud,
advierte Pisanelli, complica el concepto cuando se da cuenta de que
“esa cuestión traumática a veces no acontecía. El sujeto fantaseaba
o creía que había ocurrido. Y eso le provocaba un trauma. Es más, en
las definiciones de psiquiatría actual, no solamente se habla de los
estados en los que quedan los sujetos después de un accidente, algo
violento social o personal, sino de haberlo escuchado o de haberlo
visto”. Pensar en la cantidad de horas de televisión o radio sobre
el tema “crisis” que hemos consumido durante todo este año, asusta.
–¿Se puede pensar que nuestra sociedad sufre estrés
postraumático? –Freud y Lacan nos habilitan. Perfectamente se
podría decir que la Argentina es una sociedad que tiene estrés
postraumático. Es más, culturalmente las enfermedades van cambiando
y se van transmitiendo las formas de elaboración de determinadas
formas, usos, costumbres. En las sociedades guerreras los juegos de
los chicos tenían que ver con batallas; en las sociedades más
evolucionadas, con la escritura, con el ingenio. Esto puede servir
para elaborar cuestiones que la cultura padece, que es lo que usted
estaba diciendo. Por ejemplo, hay un juego ahora en las escuelas que
se llama “El abecedario”. En un colegio en Garín los chicos tienen
el dorso de las manos lastimadas. Mientras uno le va diciendo el
abecedario y el que tiene la mano puesta tiene que decir nombres que
empiecen con esa letra, el otro le va arañando la mano con la uña
hasta que termine el abecedario. Eso termina en una lastimadura
sangrante, o bien se retira la mano y se pierde. Gana el que aguanta
más, dice el juego. Están elaborando con el juego algo que los viene
presionando a ellos y a sus padres, porque la directora dice que el
80 por ciento de los padres está desocupado. Los chicos tratan de
elaborar con este juego el dolor, aunque sea físico, que pueden
llegar a sufrir siendo desocupados, siendo gente que no tiene para
comer. Ana Quiroga, directora de la Primera Escuela Privada de
Psicología Social Enrique Pichon Rivière, prefiere usar otras
categorías de análisis. Parte de la relación del sujeto con el orden
sociohistórico. Ampliando el punto de vista, habla de los rasgos del
modelo conocido como globalización o nuevo orden mundial a partir de
la década del 90. “Ya la Organización Mundial de la Salud en el ‘94
o ‘95 hizo llegar a las maestrías de salud mental un informe que
decía que este nuevo orden, por las características subjetivas que
generaba, podía ser definido como una catástrofe epidemiológica”,
comenta. ¿En qué sentido? “En que hay un crescendo formidable de la
depresión, posiblemente la patología dominante y que va a seguir
siéndolo; otro fenómeno generador de muchas patologías físicas y
mentales es el proceso de sobreadaptación. La persona sobreadaptada
tiende a dar una respuesta pero más allá de sus fuerzas a las
exigencias del medio. Tiene un terror que llamamos ‘terror de
inexistencia’ por desinserción social, tiene pánico (el otro gran
síndrome de la época) de no poder, de quedar afuera, de caer
infinitamente. Esto se relaciona, por ejemplo, con la reorganización
de la producción, con la precarización laboral, con la imposibilidad
de la reinserción, y con lo que se definió como un destino
irreversible.” Puntualmente, concede, los argentinos hemos
padecido algunos hechos históricos que han sido traumáticos y que
tuvieron “un efecto de mucho daño psicológico”: el enlazamiento de
la dictadura con la ilusión y la desilusión en el período de la
democracia; la hiperinflación y la anomia. “Cuando se produjeron los
saqueos en el ‘89 empezó a correr un discurso de ‘los otros vienen’,
aparecía una peligrosidad del otro que dejó sus marcas, más otras
cuestiones de efectos de la crisis: la aceleración de los sucesos,
la pérdida de las nociones de tiempo y espacio, la ruptura de la
cotidianidad... todas esas situaciones las estamos viviendo
hoy.” Según Pisanelli, no sólo se ve que la sociedad padece
estrés postraumático en “lo que es más llamativo del estrés, la
ansiedad”: la gente está muy ansiosa, tiene trastornos de sueño,
tiene más problemas cardíacos más que antes, problemas
respiratorios. Sino también en las manifestaciones sociales de
“retraimiento o de violencia masiva”. Desde este punto de vista, los
escraches a los bancos, por ejemplo, son una forma de “descarga
social”. En su experiencia de trabajo con organizaciones de
desocupados, Quiroga llega a una conclusión similar. Empezó a ver,
sobre todo en el último año, que la gente empezaba a tener “un
posicionamiento crítico ante las instituciones: la gente no acepta”.
Quiroga ve el proceso de empobrecimiento la Argentina como una
situación límite que movilizó a la gente a luchar por lo que le
correspondía y a reposicionarse ante las instituciones. Y “luchar
por el propio derecho es sano”, dice. ¿A dónde remitirse para
lograr la cura de la sociedad? Pisanelli (que aclara los múltiples
aspectos a analizar) se detiene en evaluar el “corrimiento de la
figura paterna”. “La familia como célula de la estructura social
también está afectada porque la función paterna no funciona. La
función paterna es la de la legalidad, lo que se debe hacer y lo que
no. En el psicoanálisis parte de la ley del incesto pero esto se
hace extensivo a todas las leyes de la humanidad: no matar, no
robar, no violar... Esa función fue delegada en el Estado, que en
algún momento se hizo cargo de esto y después empezó a tener
corrupción interna y dejó de hacerse cargo. Obviamente, una
estructura infectada de corrupción no puede hacerse cargo de algo
que tiene que ver con la legalidad”, dice. Si hay algo viejo en
Argentina es la corrupción. “El olvido es una de las cosas que hace
que nosotros terminemos repitiendo como nación muchas cosas que no
son nuevas. Hablábamos de la corrupción de la carne en los años 30,
esto no es nuevo. Ahora, está mucho más generalizado y las
consecuencias sociales son más graves”, dice. Si bien Quiroga no
niega el padecimiento que está viviendo la sociedad, pone el acento
en sus posibilidades de gestar, individual y socialmente, salud.
Cuando la gente empezó a pensar que las cosas podían cambiar, dice,
fue recomponiendo el tejido social que “estaba particularmente
destruido desde fines de la década de los ‘80, cuando triunfa el
modelo”. “El modelo globalizador –plantea– tiene la paradoja de que
necesita de la fragmentación subjetiva y de la fragmentación social
porque exalta el individualismo, el logro personal, etc. etc. Todos
los proyectos solidarios que implican tener en cuenta al otro caen.
Y eso es muy registrable en rasgos subjetivos. Esa ruptura del
tejido social no afirma al individuo, paradójicamente, sino que lo
hace más vulnerable. Porque nosotros los seres humanos necesitamos,
como una necesidad psíquica primordial, la pertenencia y el sostén.
Cuando la pertenencia y el sostén en el otro, en los vínculos, en
las instituciones, en los grupos se va debilitando, desapareciendo,
vamos quedando aislados (es interesante que aparecieron patologías
del aislamiento en esos primeros años de los ‘90). Entonces, aparece
un sentimiento de vulnerabilidad extrema que hace que uno sea
particularmente susceptible, mucho temor a la confrontación y a la
diferencia. Hay una fantasía de destrucción propia o del otro en la
confrontación. Lo que se va produciendo es un encierro en el propio
mundo.” –¿Se puede generalizar? También hay una parte de la
sociedad que se aisló más desde el estallido del año pasado. –Sí,
hay una parte que sigue aislada. Lo que no podemos decir es que haya
una parte de la sociedad que no esté sensibilizada. El cambio en el
plano de la organización social se empezó a ver cuando los más
golpeados del modelo se empezaron a dar cuenta que tenían que
articularse con otros para poder subsistir, cuando empezaron los
piquetes, cuando se mueve Cutral-Co, Mosconi, Jujuy, esas ciudades
que han quedado devastadas por la reorganización laboral, y
subsumidas en la miseria. Y empiezan a darse cuenta que si se
articulan en un grupo empiezan a adquirir un poder que no tenían
hasta ese momento. Y empieza esta idea de sujeto grupal o social, se
sostiene en ese sector social de pertenencia y así tiene una mayor
fortaleza del yo, que era eso tan deteriorado. Por eso, Quiroga
dice que cree que “en este momento que parecemos estar tan locos y
que seguramente en muchos aspectos lo estamos, tan desorganizados y
tan desestructurados, por lo menos tenemos una convicción de que
estas cosas no pueden seguir así. Hoy está puesto en cuestión el
orden social y esto puede ser el inicio de un cambio social, yo no
te digo que va a ser, puede ser. Ya ha habido cambios en lo social
que son cualitativos. ¿Adónde va esto? Si lo supiera...”.
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