Algo nos es familiar, cuando sentimos que lo podemos reconocer, que es más
que conocido, y tiene algo que lo relacionamos con nuestra historia. Puede
no gustarnos, pero no lo desconocemos.
La violencia está ligada a la agresividad y al uso excesivo de la
fuerza para actuar. Todos términos relativos entre diferentes personas
y situaciones distintas.
No nos resulta extraño que alguien le pegue una patada fuerte a una
pelota y si bien algo de la violencia se juega allí es familiar, para
muchos, para otros es un juego violento.
Podemos decir que la violencia nos es familiar por que, mal que nos pese,
forma pare de nuestra constitución, de nuestra historia personal y
colectiva.
LAS CARACTERÍSTICAS
Los que tienen hijos –o contacto frecuente con niños- habrán
notado en alguna ocasión, como un chico apunta peligrosamente con
un martillo la cabeza de su hermanito o intenta tirar al vecinito de la cuna.
Estas acciones violentas tienen su explicación en el hecho que los
niños van constituyendo su yo y su imagen propia a partir del otro
semejante. En algún punto de esta construcción, su propia imagen
y la del semejante son para él excluyentes. Es “El o YO” vivido
de vida o muerte.
Podría decirse que una vez conformada su propia imagen, a partir del
semejante, sólo hay lugar para una, y que si la otra desaparece, él
mismo va a desaparecer. Para esto utiliza todas las fuerzas y destrezas posibles.
Ahora bien, ¿qué los detiene? Los paraliza el miedo a perder
el amor materno o de quien cumpla ese rol.
Ante una situación como las descriptas, generalmente la madre los
para les dice: no, esto no se hace, enojada ella y el chico siente, en el
mejor de los casos, que no lo va a querer más. Esta marca no es poca
cosa, por que es el inicio de la detención de la violencia general.
No es bueno que la agresividad quede totalmente inhibida en los chicos, ya
que ésta es necesaria para patear una pelota, hacer fuerza para abrir
una puerta pesada o defenderse.
Este breve recorrido de la violencia en la constitución del sujeto
humano nos permite entender sobre lo familiar de ésta. Nuestra violencia
y la de quienes nos rodean es vivida por cada cual, de acuerdo a nuestra
historia de violencia, la propia y la padecida.
También nuestra vida estuvo marcada por la agresividad que, de alguna
manera, desplegaron quienes nos criaron, a través de los límites
que trataban de imponernos “con mucho cariño”, de la educación
y de los excesos, todo esto va conformado cómo vivimos la violencia,
que es ejercida por los otros sobre nosotros:
· “Mi mamá no era violenta. Me pegaba todos los días porque yo era terrible”, decía una paciente.
· “Mi padre era violentísimo me gritaba por cualquier cosa”, decía otro.
En las consultas de parejas, por muy diversos motivos, se escucha con muchísima frecuencia algunas de estas cuestiones:
· “El quiere tal cosa y yo no quiero, pero él me la quiere imponer y yo me pongo mal”.
· “Yo quiero aquello pero por muy razonable que sea, él no quiere y pone el grito en el cielo”.
· “En lugar de decirme las cosas bien, se pone agria durante mucho tiempo, sin que yo sepa que quiere y cuando me lo dice, ya no tengo ganas de nada”.
· “Está siempre mal y cualquier cosa que quiero hacer le parece mal y me irrita de tal manera, que me pone violento. Ella ejerce un maltrato sobre mí, con su mala cara, sus contestaciones denigrantes y su contrariedad con las cosas que más me gustan”
· Lo que aparece a primera vista, es que nunca hay coincidencia en lo que se quiere, como se quiere, en que momento o de que manera y que hay un intento de imponerlo. Esto no produciría situaciones de violencia, si las diferencias no disparan la repetición de viejas e infantiles marcas, que hace que sin darnos cuenta, nos encontremos en una escena “familiar”, padeciendo y haciendo padecer de una forma que el otro no entiende. Para que haya violencia en una pareja, hacen falta tres elementos:
1. La pareja.
2. Las marcas de agresividad propias o padecidas en la historia de cada cual.
3. Una factor desencadenante, que puede ser cualquiera.
La violencia llega en muchos casos a la agresión física. Esto
no invalida lo dicho, ni justifica, en absoluto, la violencia.
No hay justificación para la violencia. Pero, si podemos comprender
un poco sobre ella, algo podemos comprender un poco sobre ella, algo podemos
hacer al respeto.
Escuchamos hasta el cansancio frases como: “Es golpeador porque de
chico fue golpeado o abusado” y puede ser que a veces sea así,
pero juega como una justificación de lo inmodificable.
Las causas por las cuales él (o ella) lleguen a la violencia física,
como hemos visto, son muy variadas y tan personales como las huellas digitales;
lo cierto es que sólo se puede ejercer la violencia de uno y el oro
están allí. Es difícil que a uno le peguen, si uno se
va, o no está allí.
Es imposible que podamos agredir telefónicamente a alguien, sino está del
otro lado de la línea. Esto es fácil de decir, pero los pacientes
dan prueba de las dificultades que se presentan:
·
“Si estoy, me pega si me voy, también”.
La cuestión de irse, a donde y de que manera, en la práctica
es muy dificultoso. Pero la primera forma de poner de poner límite
a la violencia física, independientemente de lo que la originó,
es poniendo distancia. Siempre hay rasgos, imágenes, actitudes del
otro, que nos despiertan violencia o padecimiento de la agresividad. Tanto
el que la produce como el que la padece, sin que esto signifique una justificación,
están atrapados en la repetición infantil de escenas “familiares” no
elaboradas, que retornan en algunas relaciones, mas que en otras.
En las muy comunes consultas de padres, la agresividad de los chicos ocupa un lugar importante.
· “Nos llamaron del colegio para decirnos que el nene es violento, se pelea con todos y le pega a los otros chicos y nos llamó mucho la atención, pensamos que era una equivocación; porque en casa es todo lo contrario, es un chico tranquilo y bueno. Pero cuando una mamá me paró a la salida del colegio y me mostró como delante de mi hijo el suyo había sido lastimado, no entendía nada”.
Otro ejemplo: “Nos preocupa la nena por que se pone violenta con nosotros,
les pega a sus hermanos, rompe sus juguetes y nos grita a todos. Lo extraño
es que cuando está fuera de casa no es así. En el colegio sus
amigas la adoran. La llaman para que vaya a la casa y sus madres dicen que
es un amor, pero en casa es terrible”.
Es estos casos, los padres ya están en una consulta que probablemente
permita que algo se elabore, ya sea en un tratamiento breve, como son los
de los niños, o en un tratamiento familiar. Pero es necesario que
llamen del colegio o que la situación en la casa sea insostenible
para que los padres adviertan que algo pasa. Una de las explicaciones, de
por que pasan desapercibidos algunos indicios, es por que son “familiares” y
otra es, por que se tiene una desmedida y “familiar” tolerancia.
Cuando dos personas se pelean, es difícil separarlas, y esto muestra
la dificultad existente en tomar distancia de la violencia propia y ajena.
Lic. Hugo Pisanelli
Presidente de la Asociación Psicólogos y Psiquiatras de Buenos
Aires