ADIÓS, LACAN
Por Carlos Faig
I
Suposición. La cadena significante (la fórmula de representación del sujeto, el trabajo de la significación) es coextensiva y se subtiende en la relación sexual. Toda vez que S1 representa al sujeto ante S2 queda implicado un funcionamiento fálico. El sujeto, idéntico al intervalo, puro corte, está predestinado al supuesto, con el que se viste. Así, abastece la relación ante el Otro sexo. Este es el punto de interés, puesto que de otro modo el planteo sería meramente formal. La imposibilidad del significante de significarse a sí mismo, del sujeto de saberse representado y significar su representación, marcada por el encuentro con el Falo, al revés, compromete a la relación sexual. Pero en un primer movimiento, el intervalo (el punto donde se aloja la satisfacción y la cuestión del sexo) queda colmado y el sujeto alcanza su pleonasmo. La imposibilidad de la cadena, que la constituye como tal, se oculta, y la relación al Otro de la díada sexual se sostiene.
La acentuación del corte por sobre el binarismo significante −el significante faltante toma el lugar de la cadena y se plantea como equivalente a ella− es el “estructuralismo” “raro” de Lacan. El estructuralismo minimalista y elegante que lo caracteriza. Asimismo, se halla aquí parte de su interés filosófico: la indicación del significante faltante muta al signo y cuestiona a la Reflexión. El pienso como objeto del pensamiento −valga como ejemplo− se hace equivalente al S1 y al S2, y la flexión sobre sí deja un hueco que lo pone en entredicho. El Cogito se sexualiza en espejo.
Insistamos: si hay cadena es porque hay intervalo. En la medida en que ese intervalo es por definición lo no simbolizado concurre con lo real. Encontramos entonces la temprana formulación de que lo real es lo rechazado de la simbolización. Luego, el estructuralismo de Lacan es minimalista, raro, elegante y “realista”.
¿Qué se aloja (y desaloja) en el intervalo? En primer lugar el Falo. Fi es paradigmático de la relación antinómica entre representación y presencia de la satisfacción. En tanto es un significante imposible perfora la cadena. Esto permite que dos órdenes heterogéneos entren en relación. La satisfacción, que es presencia irreductible, encuentra cómo situarse en la representación si esta resulta agujereada por el Falo.
En un segundo paso, la diferencia significante se absorbe en un objeto que la asume. De allí la función homotópica del objeto respecto de la castración. El (a) se produce en su lugar y la cubre. Es su característica y su función definitoria. El objeto vela lo imposible mediante un desplazamiento mediado por el Falo. Se obtiene así el fantasma −más adelante tomará la función de lugarteniente de la relación sexual, lo real− que da forma a la suposición, al estilo de un ready-made que no encuentra dificultades con el cliente.
II
Disolución. Con el acto analítico la suposición del sujeto ante el Otro caduca, se disuelve. Se trata de la cuestión de la caída del sujeto supuesto saber. Veamos cómo ocurre esa disolución, que se llamó simplificadamente el deser, a instancias del acto analítico.
La transferencia, según la más conocida definición, pone en juego la instalación del objeto en el Otro. La falta de instrumento copulatorio, el sacrificio fálico que produce a Fi, el Falo como significante, se traslada al lugar del Otro bajo la especie del objeto. Si esta traslación tuviera éxito no se obtendría, entre otras cosas, en un tercer paso, al sentido supliendo al sexo. Un significante extralingüístico, el (a), tomaría por su cuenta la representación sexual del sujeto. Si se consolidara, adquiriera un status cierto, o se identificara de algún modo, el análisis conduciría a su término a la relación sexual, a sus signos. Esto significa que la transferencia opera de una forma tal que no permite una instalación definitiva del objeto (o del falo imaginario). Hace las veces de y juega con nosotros. Solo acciona bajo la forma del supuesto.
Pero, entonces, ¿qué de la suposición? En el acto analítico se encuentra una solución a esta pregunta. Sin embargo, no es definitiva. El acto nos libera de la suposición (del goce), pero no la resuelve. El sujeto pierde representación al producirse la reducción de la cadena a un significante impar. De ahí que el final del análisis sea concomitante con la castración dado que esa representación, como dijimos, era fálica. Este movimiento implica que la relación sexual adquiera estatuto de real, se torne no simbolizable.
El acto, hay que observarlo, pone en juego dos formulaciones en apariencia distintas: por un lado, una de ellas, que acabamos de utilizar, nos dice que el significante se aplica a sí mismo; por otro, se define como deyección del objeto y destitución del sujeto. Sin embargo, estas dos ideas son solo una. En la medida en que el significante refiere a sí mismo y se significa, el intervalo desaparece y el (a) resulta deyectado de la cadena, pierde su hábitat natural. No existe ya el hueco que impedía la flexión.
Para ejemplificar rápidamente lo que ocurre entre el acto y la cadena significante, imaginemos que el primero reduce a la segunda a la raíz de menos uno o que se basa en algo equivalente a esa simplificación. Tenemos dos significantes, porque hace falta obtener el producto de dos enteros para resolver la raíz, pero en verdad también se trata de un entero y su falta. La diferencia significante queda subsumida en uno, el número imaginario. Esta faz de la cuestión es la que hace que el sujeto resulte barrado, se simbolice por el significante elidido (1), y que el (a) −el signo de multiplicación, para el caso− sea expulsado (2).
Nacen y se abren aquí, en principio, dos direcciones. La primera atañe a la división del goce. El significante no reprime al goce sino que lo divide. Al faltar el instrumento, el órgano unificante, se deduce el goce del Otro (3).
Por otra parte, segunda vía, el matema se impone como la continuación natural y lógica del Seminario. La univocidad toca un punto −por la autoaplicación del significante− que no puede remitirse al concepto de letra porque concierne a lo real y, por lo mismo, remite al matema. O, para decirlo como Lacan: Y a d’ l’Un, hay el Uno. No podemos recurrir entonces al algoritmo o la barra para fijar la significación, capitonarla. Se pone en juego algo que se sitúa más allá del lenguaje. Mientras que la letra, en cambio, reabsorbe y estabiliza el reenvío de la significación producida en el interior de la lengua. En todo caso, solo alcanza la cifra. Pero aún podríamos mencionar una tercera orientación si lo deseamos. Se trata del pase en tanto interroga al deseo que surge en esa coyuntura.
El deseo en juego en el pase, la investigación que se abre con el dispositivo, se dirige, en cierta forma y hasta cierto punto, sin saberlo o sin decirlo, al deseo del matemático. Este deseo se identifica parcialmente con el deseo del analista (4). Por eso no debe sorprender la idea, política y burocrática, de que la transferencia analítica prosigue en una transferencia de trabajo con la Escuela, el lugar donde se pone en ejercicio la transmisión y el matema. Además, el Seminario sigue por esa vía a poco andar. No hay nada que demostrar aquí. Lacan toma esa dirección en Montpellier (5); se decide por ella.
En la transferencia, la imposibilidad pivotea, se abre y cierra girando como una puerta, sobre la base de un objeto que nunca estuvo, pero cuya ausencia comporta efectos. Es imposible que al principio del tratamiento el objeto haya estado presente, ya allí. Luego, se deduce que actuó après coup y como hipótesis de inexistencia, y esto es una forma de imposibilidad. Pero esta operación transferencial sobre el saber supuesto no conduce a una formulación de lo real. Y menos aún nos da su fórmula. No se resuelve más que bajo la forma de un supuesto desalojado, definitivamente supuesto o definitivamente expulsado (no simbolizable). En parte, es por esto que la investigación sobre el pase estaba destinada a precisar ese punto. En el curso de un análisis, en estricta observancia lacaniana, no es posible abordarlo. El deseo del analista, que se busca obtener, y que debería relanzar el proceso, cubre esa falla. El analista en el pase, según la mira explicitada por Lacan, debería enseñarnos el truco que permite operar sobre lo real y el síntoma, cuando toma la antorcha. Pero la passe, permítasenos recordarlo, condujo a una aporía −el cliente, privado de su confección, no dijo gran cosa− en el curso de su historia y en los hechos.
III
Imposible. Después del congreso de Montpellier ya no hay otra vía que la matemática. Se esboza un nuevo programa −tal como lo hizo antes el Discurso de Roma− que toma el relevo, una nueva alianza. Otros veinte años. Pero ya no de lingüística y estructuralismo sino de matemática. Se trata de la diferencia entre cifra y número, del torbellino que se sitúa en el borde de la lengua y, sobre todo, de los nudos.
La cadena borromeana, para decirlo directamente, muestra el hecho inefable de que haya agujero −nada más y nada menos−, la existencia de la castración. Era todo el mérito que Lacan le atribuía. Y esto cierra el desarrollo en tres tiempos que seguimos aquí.
El nudo, en una versión abreviada, consiste en la sustitución del lenguaje a la no-relación. Este movimiento reenvía al objeto fálico en tanto falta, demostración largamente perseguida, bajo la forma de un organon, en la primera parte del Seminario −y puesta en la óptica de la transferencia en la segunda−, y hace pendant con ella. Inmediatamente se ve que esta sustitución tiene forma de nudo: ata lo que está suelto. La subducción significante del falo que llamamos castración y la división de los goces que se abren allí −mencionada antes− tienen expresión directa en el nudo, conjuntamente con el sentido (la jouissance) que se agrega cosquilleando al órgano −el goce sémico−.
La suposición rechazada reabre y actualiza un registro. Lo real halla su oportunidad en el nudo, pasa al primer plano y exhibe sus propios medios. Incapaz ya de confundirse con lo que subyace, no está escondido ni se oculta. Es cierto que venía anunciándose desde lejos, pero al modo de una prescripción que afectaba a los enunciados de la teoría, de un horizonte, y en algunos casos de un límite. Ahora debería resolverse, tener un corte definitivo. Lo real en este desarrollo, y desde siempre −lo real deviene lo que era y vuelve a su lugar−, es lo imposible. Como tal, hay que incautarse a él. Por esta razón, toda elucubración sobre este registro será calificada por Lacan de síntoma, invención: tanto la de Freud (la energética, especialmente) como la de Lacan (el nudo). Lo real es ante todo lo que obliga a suponer.
Aquello que debe pensarse y de lo que la teoría tendría que dar cuenta es justamente aquello mismo que se excluye y en el mismo impulso ocupa el lugar de lo real: el efecto de la lengua sobre el sexo. Se intuye vagamente allí lo que se pierde y no llegará a saberse. La flexión significante, hay que observarlo, tiene la misma estructura que la flexión sexual (la zona erógena no conoce el pliegue y no termina de satisfacerse). El deslizamiento (mejor, dérapage) del sentido duplica la deriva pulsional. Este isomorfismo imantó al psicoanálisis que atrajo al estructuralismo. Desde entonces y en esa vía, la imposibilidad queda ligada a la sexualidad y la lengua, entre ambas y de un lado y otro. La resonancia, por vía de Santo Tomás y Joyce, es un tema de los nudos.
Permítasenos ahora −y no llega a ser una digresión− aludir a la circularidad entre lenguaje y sexualidad que concurre con la exclusión que señalamos y la alimenta. Lacan sostiene que no se sabe y quizá nunca se sabrá si la ausencia de relación determinó la aparición del lenguaje, o si las cosas resultaron al revés (6). Asimismo, la teoría, en un plano más general, muestra una serie de idas y vueltas. En cierto momento, la ausencia de significante determina que no haya relación sexual que pueda formularse en la estructura; otras veces es su inexistencia en lo real la que determina que no haya significante que nos designe en el sexo. Por último, si comparamos estas ideas en vaivén con el Falo hallamos su concepto: agujero y luego, y por eso mismo, significante. La cuestión del incesto, su posición entre naturaleza y cultura, su posición de regla universal, su posición fundante para decirlo todo, puede homologarse con facilidad a estos desarrollos. Podemos imaginar que Lacan experimentó alguna “angustia de la influencia” frente a Las estructuras elementales del parentesco.
IV
Conclusión. Finalmente, después de años de Seminario −y en concurrencia con la técnica utilizada− hay un punto de llegada, un término. El lacanismo concluye estableciendo la no-relación. Produce agujero y lo reproduce. Produce alienación. Pero esta alienación no toma una forma simple y estándar. Consiste en una identificación con la falta que se rige por una temporalidad sui generis, tributaria de la nuliubicuidad, y consigue pasar desapercibida.
En este punto, en el que Lacan deviene un analista “histórico”, se hace evidente el déficit propio de la técnica lacaniana. Se trata del corte, la sesión breve, que debe revisarse y eventualmente abandonarse: la palabra queda allí en lugar del objeto y termina por perderse con él. Asimismo, se trata del manejo de la transferencia. Hay que observar que el hecho de que no se la interprete, y que se trabaje en buena medida sin ella (7), sobre todo sin su referencia, un poco “en automático” y otro poco encomendándose a las virtudes del corte, llevan a que no haya localización del partenaire, a que se lo abstraiga. Así, mediante un único gesto se excluye la relación transferencial y la relación sexual (8).
La transferencia, una y otra vez no interpretada, se ubica en un vacío múltiplemente circunvalado y representa desde allí −la perspectiva, que gira hasta alcanzar su revés, resulta eventrada− el proceso por la falta. Lacan dibuja hábil y tenazmente un toro en los tratamientos y la ausencia se localiza al final de los giros invirtiendo el desarrollo y apuntalando la teoría del sujeto supuesto saber. Pero, apelando a la paradoja, podríamos decir que el objeto no estaba ya −técnica mediante− en la galera. Nunca mencionada, esquivada, la transferencia no se simboliza y constituye el núcleo real del análisis lacaniano (9). Este rechazo tiene un correlato teórico, sesuda y sutilmente elaborado, en el fantasma, cuyo vínculo (entre sujeto y objeto) fue recusado de antemano. Al transportar el fantasma sobre la transferencia, al plantearlo como coextensivo de ella, y enunciar que en sus dos términos (destitución subjetiva y deser, para el caso) se consuma la caída del sujeto supuesto saber, la ausencia de relación se teoriza con éxito y se expone de manera convincente. Si por casualidad, error, o por puro amor a la chicana, la relación sexual hubiera estado “antes”, bajo cualquier forma y sustancia que se quiera darle, el movimiento temporal de la transferencia la haría desaparecer porque barre el “ya allí”. Teoría y técnica son en este punto convergentes y coinciden plenamente. Y no por eso dejan de ser incorrectas.
El fantasma subtiende al ajedrez (échecs) de la transferencia en el texto princeps de Lacan, Proposición. No se podría encontrar nada mejor que esa figura cortada y alternante, nuestro prêt-à-porter, para describir lo que ocurre en la apertura y dará final al análisis. La teoría anticipa que la relación sexual es el único sector de lo real que no podrá advenir al Ser.
La técnica del corte repite, como un fenómeno elemental, exponiendo la estructura en la dimensión más acotada y puntual de la sesión, un mecanismo idéntico. Si el corte es “interpretado” por el paciente como “una interpretación” −casi una neurosis de transferencia: una interpretación de transferencia− es porque funciona como una suerte de símbolo cero enfrentado a la asociación libre. Esto hace que tome el lugar de una interpretación implícita y la represente. Eventualmente, podría ser dicha, enunciada por paciente o analista; no obstante, hasta nuevo aviso queda suspendida metonímicamente. Y otra vez nos hallamos frente a una representación por la falta (10).
Pero nuestra sinopsis crítica se desprende de los tres tiempos en que puede resumirse e hilarse (11) Lacan y no solo de la técnica: a) relación sexual supuesta, b) exclusión del supuesto, y por último, c) ubicación de la no-relación como núcleo de lo real. En los dos primeros puntos, el estructuralismo “intervalar” de Lacan es el modelo con el que se aborda la transferencia y el psicoanálisis. En el tercero, la cadena deviene Uno (12). El intervalo se sustantiva.
Recordemos, para concluir, que el acto comporta Verleugnung y división del sujeto −Lacan dixit−. Todo está allí, si sabe leerse.
¿Cuánta creencia hace falta para consentir en que “no hay relación sexual”?
Si pretendemos desalienarnos un poco hay que empezar por despedirse de Lacan.
NOTAS
1) En el acto psicoanalítico el sujeto intervalar está y no está representado, según como quiera verse y convenga. Si el significante elidido se toma literalmente, carece de representación; en cambio, si la tachadura comporta significación, el sujeto se halla representado por la falta de significante.
2) Esto da la ilación de los seminarios XIV y XV: con el acto sexual se aborda la presencia (que el intervalo permite) y con ella la satisfacción; en el acto analítico se trata de la representación significante, el sujeto se vuelve idéntico al significante, no tiene otro lugar, y ya no es representado para. Así, se ve destituido.
3) Una vez que están en la cama, ¿qué hace la mujer con su cuerpo si no hay instrumento? ¿De qué goza? Y por lo demás, ¿de dónde toma esa expresión el rostro de la Santa Teresa de Bernini?
4) De allí el aire de falsos matemáticos de algunos lacanianos.
5) Congreso de l’École, 1/4 noviembre de 1973, cf. la intervención de Lacan en la sesión de trabajo sobre “L’école freudienne d’Italie”, en Lettres de l’école freudienne de Paris, nº 15, publicación de circulación interna, París, 1974, pp. 235-244, esp. p. 244.
6) La relación de la cadena significante con el sexo, que hemos seguido en los dos primeros puntos del texto, es la tematización principal de la problemática más general del Seminario: la relación en todas sus etapas entre la lengua y el sexo. La enseñanza de Lacan aborda esta relación en todos sus desarrollos.
7) Al revés de la definición de acting, Lacan es analista sin transferencia. No abordamos en el texto el manejo de los juegos de palabras. Estos juegos, la técnica del significante, con frecuencia permanecen ajenos al desarrollo del tratamiento, a la transferencia. Cuanto más arbitrarios −puramente lingüísticos, formales−, tanto más extemporáneos resultan. En general operan porque se subtienden en un desarrollo transferencial. En caso contrario, exigen una asociación libre esforzada y sumisa, o conducen a la interrupción del análisis.
8) El tema “Du psychanalyste” y de la falta de Universal convergen con estos desarrollos, cf. J. Lacan, el seminario XV, L’acte psychanalytique, inédito, passim. Asimismo, recomendamos uno de los textos periféricos de Lacan: Le rêve d’Aristote, en Bulletin de l’Association freudienne internationale, nº 86, París, enero 2000, p. 3.
9) ¿Existe algo más contundente para oponer al analista autorreferencial que dice “Soy yo” que el objeto (a)?
10) Así, nos encontramos con gente no analizada durante largos análisis; la depresión como signo del final de análisis; pacientes que, terminado el tratamiento, conservan el mismo “casete” por el que se los ha conocido siempre; “capillas”, es decir, distintos dialectos lacanianos que hacen las veces de un cálculo de enunciados (subsidiando a la pérdida de la palabra); “bajadas de línea” más o menos cotidianas; y otro efecto que no debe descuidarse: la construcción de un saber cerrado, de un Lacan completo y vuelto sobre sí. Todos estos temas concurren con el rasgo distintivo y propio del lacanismo: la alienación como identificación con la falta en tanto representación, vale decir, en cuanto esta significa. Que no se haya objetado la proliferación de modelos inconducentes −y son muchos: el álgebra del significante, la topología combinatoria, la lógica de la sexuación, etc.−, para tomar una última cuestión como ejemplo, nos habla de un público lacaniano que cargo sobre sí la falta y observaba a Lacan desde la platea del psicoanálisis como un maestro satisfecho y pleno. Es una escena primaria, si se quiere.
Si se atiende a la extensión que tomó el lacanismo en la Facultad de Psicología de la UBA, y en los servicios externos de distintos hospitales e instituciones, se puede pensar por dónde anda su clave.
11) Este es uno de los modos en que puede hilvanarse la enseñanza de Lacan. Existen otros. La relación entre la falta de instrumento copulatorio y la suplencia del sentido, a la que aludimos en el texto, es una de ellas.
12) Aparecen entonces en el Seminario temas tales como la Trinidad, el Uno perforado, la semiótica de Pierce, Inhibición, síntoma y angustia, el Edipo, etc.
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