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Algunas consecuencias de hacer público lo privado...

Que esto de “hacer público lo privado” pase en esta cultura mediática que vivimos no es sorprendente. Gran hermano, por ejemplo, se mueve con esa lógica y es uno de los programas con más rating.

La fama, en vez de “ser puro cuento” es condición de existencia

Sin embargo hubo una situación de esta índole que no es lo habitual y me resultó novedosa o por lo menos sorprendente y quisiera destacarla.

Hace unos días atrás nuestra ciudad estuvo empapelada, en los espacios que deja la campaña por las elecciones de la ciudad y otras publicidades, por unos carteles en los cuales una mujer sentada, en primer plano, tal vez en un diván, muy plantada en ella y otra, atrás y por lo tanto en un segundo plano, atrayendo menos la mirada que la primera. Estas posiciones importan ya que hablan de una inversión de lugares. La de atrás es una actriz, profesión que va de suyo estar en los medios. En este caso lo estuvo a raíz de denunciar amenazas supuestamente relacionadas a su situación de amante. Como sucede en estos casos se hablaba de ella más por esta noticia que por su espectáculo, recientemente estrenado.

La de adelante, en primerísimo plano, es su psicóloga y según el texto del cartel su consejera a hacer pública la situación de amante amenazada o sea que no se trataba de alguna problemática general sino de la de su paciente absolutamente identificada.

Desde Freud que se publican los casos clínicos como la forma de mostrar la eficacia o no, según los casos, del psicoanálisis pero deformados de tal manera que preserven la intimidad de quien se trata.

Es importante diferenciar un psicólogo/a de un/a psicoanalista. Son posiciones que pueden estar en absoluta disyunción, salvo que el psicólogo/a se dedique al psicoanálisis.

Si lo hace, se somete a una regla fundamental, la abstinencia. En cambio el primero no tiene porqué atenerse, sin embargo, ¿no hay algo discordante en que una psicóloga sea la que se muestra en primer plano y haciendo públicos sus consejos supuestamente terapéuticos?

La gente que se acerca con su dolor a consultar piensa que encuentra un lugar para su intimidad. También habrá quien llevado por pulsiones exhibicionistas espere que lo que cuenta en ese ámbito aparezca en las tapas de los diarios pero, del lado de quien se ofrece a la escucha, si lo hace está satisfaciendo lo pulsional del paciente y de lo que se trata en un tratamiento es de que logre acotar el goce. Hay una responsabilidad ética respecto a ese material al que prestamos la escucha.

Otra cosa fundamental es que el psicoanalista no saca provecho propio con el tratamiento de un paciente; el tratamiento es del paciente a quien el analista acompaña siendo parte de esa transferencia que le permitirá operar.
Es verdad que la posición de psicoanalista va en contra de la exigencia epocal que transmite el mensaje de que “se existe en la medida en que se está en la escena pública” pero es una elección que conlleva esas condiciones de renuncia a la propia satisfacción.

Corroboré mi pensamiento cuando le pregunté a Ale, el mozo del bar al que suelo ir a leer cuando logro que bajen un poco el sonido del televisor o de la radio que acompaña a las imágenes, qué le parecía el tema. Su respuesta fue precisa, sin el menor titubeo: “La psicóloga, quiere fama”. Pero esto ¿no es cosa de actores, lo que suelen buscar o conseguir a través de sus trabajos?

Estela Maidac


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