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LACAN EN CINCO MINUTOS

Por Carlos Faig


Se tratará aquí de la estructura del Seminario de Lacan, de su ilación. Este artículo se inspira y orienta como un Lacan según el orden de las razones, en versión ínfima, de manera muy resumida, trazando las líneas principales de construcción. Contrariamente, si no hay génesis, si el acto nunca alcanza el origen, la referencia a Hyppolite –en lugar de Martial Gueroult– no nos resulta apropiada. Pero sobre todo, y bajando las pretensiones, lo que se condensa en este texto es mi lectura de Lacan. De ahí el título del artículo.
El lector advertido podrá reconocer las tres etapas del Seminario –y de la enseñanza de Lacan en general– que aislamos. Pero no insistiremos sobre ellas y las dejaremos para que sea él quien las restituya, y disponga la correspondencia de textos y fechas.

I
El niño –el bebe lacaniano, si se quiere verlo así– tiene que situarse como sexuado y no encuentra los medios para hacerlo. No es que le entusiasme, tal vez carezca de vocación, pero existe alguna presión social y las costumbres lo fuerzan. Si ni la lengua ni mucho menos el entorno le proveen materia apta para designarse sexualmente, recurre de manera insólita a una estratagema extrema: se castra. Con ese objeto, ofrecido en sacrificio, suple al significante faltante; aquel con el que, al principio de la historia, no daba. Suple así el déficit de la lengua con un órgano.
Por supuesto, todo esto puede describirse de otra manera; de forma menos burda y más elegante. Por ejemplo, y más cerca de la teoría que de las prescripciones de Hamurabi, podríamos enunciar que el bebe lacaniano es coartado por el significante, o que la castración consiste en un escamoteo simbólico, en una subducción significante del instrumento en cuestión. Pero permítasenos, por el momento, seguir nuestra idea.

Poco tiempo después, el niño enfrenta otra terrible cuestión: el objeto utilizado como significante no se incorpora al código. Hay, si se quiere, una incompatibilidad, un rechazo. El implante comienza a verse en problemas. El lenguaje sólo admite palabras. De esta situación resulta que el Falo permanece exterior y cada vez que se presenta, la lengua misma retrocede. Aun en medio de esa coyuntura, nuestro bebe consigue designarse en el sexo: la turgencia vital, activa y tan fuerte como la lengua, se realiza. Pero esto lo sumerge en la castración y lo extravía del código tanto como del partenaire.
Desde la perspectiva del lenguaje, después de aquel rechazo y con ese código comprometido, se advierte que la relación sexual no puede formularse –no hay términos para ello, lasciate ogni speranza– en la estructura del significante.

Pero, entonces, ¿cómo se las arregla el bebe lacaniano? Púber tal vez –ha crecido– puede optar por perforar él mismo la lengua, construir enigmas; en suma, producir una laguna en el discurso que sea compatible con el lenguaje. Y lo logra. Hace síntoma. Sigue pues la vía de su padre: reproduce la falta.

II
a) Tomemos como punto de partida, en tren de complejizar el desarrollo, el siguiente enunciado: la elevación del Falo a la categoría de significante obedece al hecho de que la lengua carece de los significantes del sexo. El Falo, lo hemos dicho, viene sobre todo a suplir esa carencia –en rigor, a producirla–. Cuando alguien se designa como hombre o mujer, el acto de declaración de sexo, compromete orgánicamente al hablante y, en todos los casos –y es lo mismo–, remite al fantasma.
Si la pérdida que abastece la falta de significante sexual fuera otra, el problema sería más simple, o incluso no existiría. Si el sexo se designara mediante el objeto oral, el anal, o el uretral, la pérdida se haría efectiva, concluiría. El objeto separado del cuerpo y transformado en significante liquidaría la cuestión. Pero el pene no se pierde –salvo, claro está, en el caso del bebe lacaniano–, y sólo se separa parcialmente en la detumescencia. En rigor, no hace más que cambiar de estado; y eso basta.
Una larga marcha rectifica el planteo freudiano de la castración y, concomitantemente, del final del análisis. El objeto –digámoslo directamente– funciona en el nivel genital como falta, y es esa función significante la que produce la compleja historia de la castración. Es por esto que la pérdida no se produce a nivel real (1) y que el complejo de castración acompaña toda la vida al sexuado. Al menos, mientras siga hablando. Se halla aquí, por otro lado, lo que define el campo de las neurosis. La superposición entre demanda y deseo, parcialmente concomitante con las dos clases de objetos que acabamos de señalar, explica la constitución de la neurosis, y la regresión.
La vinculación existente entre castración y significante –entre la falta y la significación– se correlaciona con la primera tesis de Lacan. Que el inconciente se halle estructurado como un lenguaje, refiere a estos objetos sometidos a la metáfora y la metonimia. El parentesco –la atracción que el psicoanálisis experimenta hacia el estructuralismo en los años ‘50– entre lingüística (estructura, en general) y castración se evidencia cuando pensamos en los sistemas de símbolo cero: la falta de objeto, opuesta al objeto, vale como objeto. Piénsese en la −φ de Lacan: el “menos” indica la falta y la letra griega, “φ”, es la inicial del objeto fálico.

b) Aceptado el hecho de que el Falo deviene significante, ¿una operación tal completa el lugar del Otro? Un elemento translingüístico, o si se prefiere semiótico –un palito como signo tipográfico, como simulacro, un símbolo–, aporta la significación que el lenguaje no provee, pero lo barre. Paradojalmente, el hablante se ve en la situación de aquel que, mudo o demasiado original, lleva consigo una bolsa de objetos, de donde extrae sus expresiones. Se ha escrito mucho en torno a esa hipertrofia. Sobre todo, para demostrar que se desinfla con facilidad. Se ha caricaturizado el tema. En esa última vena, señalemos que la bolsa del hablante es pequeña y singular. Sólo debe cargar con el Falo. Y aunque su falta le pese, el handicap se concentra en el sexo.
La problemática que hallamos aquí es la misma que desarrollan los grafos del deseo. Presa de la alienación que produce el hecho de que el lenguaje es exterior, viene desde el Otro (es el tema del mensaje invertido), el sujeto busca desalienearse y decir su propio deseo. Para esto, se separa del Otro, lo elimina. Estamos entonces en el piso superior del grafo. Pero allí, cuando el sujeto podría decir lo que quiere, carece –en función del movimiento que emprendió antes– de lenguaje y palabras para hacerlo. En ese preciso momento, para afrontar esa aporía, el fantasma provee un objeto real o imaginario elevado al rango de significante del sujeto en el deseo. Lo rescata. Finalmente, el sujeto podrá situarse en su querer, pero al precio de recurrir a un elemento fantasmático de características no lingüísticas. Puede verse aquí el alcance de la primera tesis de Lacan –hasta dónde llega el “como” del inconsciente estructurado como un lenguaje–, así como la concurrencia entre la pérdida y la falta. Se aprecia nuevamente sobre esta vía el interés que el psicoanálisis encuentra en la lingüística.
Pero en cuanto ese objeto (a), homotópico de la castración, es despejado, literalmente ocurre que el Falo no penetra el lugar del Otro, porque su irrupción misma borra ese espacio. Se ve, entonces, la función y el campo que cubre el fantasma: la Aufhebung fálica no resuelve la estructura sin su concurso. Topamos así con la segunda tesis de la enseñanza de Lacan: No hay relación sexual.
El Falo –en tanto impar y capaz de significarse a sí mismo, en tanto excluido de la cadena– es un agujero. Paralelamente, se sigue la carencia significante en el terreno sexual –insistimos sobre este punto–, el barrado del Otro. Nos hallamos frente a términos cuya alternancia, como es el caso con los términos del fantasma (2), se aborda en el acto.
Es por esto que se abre la problemática del goce del Otro, ya que si el falo completara al lenguaje, el asunto quedaría resuelto, y el Otro satisfecho.
La primera tesis, puede observárselo, se sigue naturalmente en la segunda, que es su consecuencia. La ilación de un período muy amplio del Seminario es, pues, articulable en esa relación. El Seminario –y esto no era evidente in initio– trabaja con plan y tiene un sentido de conjunto.
Volvamos sobre otro aspecto de la exclusión del Falo de la cadena significante (3). Si el reenvío significante se colmara, es decir, si hubiera un significante capaz de designar el intervalo, participaría de la cadena y por lo tanto haría intervalo. Por esto, el saber inconciente –el saber no sabido, como se ve con propiedad ahora– se sitúa sólo a partir del Falo como exterior a la cadena. De ahí que se haya insistido, con razón, en la necesidad de que la interpretación pase por la referencia fálica. Es necesario que ese agujero exista para que el saber inconsciente pueda situarse y asumirse (4).
Esta exclusión –digámoslo al pasar– tiene un movimiento equivalente al de la transferencia.

c) No hay una tercera tesis explícita que complete el recorrido. Pero podemos tratar de inventarla y proponerla, es decir, darla por tácita. Sabemos que esta tesis concierne al matema, al número, o a la marca, al Nombre del Padre y el Edipo, o incluso a la realidad psíquica. Tal vez a todos estos términos.
Partamos, en la búsqueda de una tal tesis, de la prohibición en tanto afecta a la imposibilidad. Una interdicción de esas características produce que un agujero (una falta) se ubique en lugar de otro, lo sustituya. Prohibir lo imposible permite desear, abre su campo al deseo; genera un espacio ilusorio. Un cartel que diga: “Prohibido respirar debajo del agua”, ubicado al costado de una pileta de natación es bien sugestivo. Pero también podríamos imaginar una casa de familia con otro cartel: “Se prohibe a los hijos gozar de la madre”. Y es el padre quien lo firma. La madre, en el contexto que proporciona ese cartel, está en trompe-l’oeil. O aun, el padre la pinta en perspectiva. Es el velo incestuoso que conviene al goce y con el cual se provee la falta que intenta ubicar el goce del Otro y darle satisfacción. La prohibición del incesto, especialmente en la familia conyugal, constituye para nosotros la forma histórica que toma la imposibilidad del goce.
Una consecuencia general de este planteo es que la no-relación se reproduce en el equívoco; vivimos por el malentendido. Y todo el contexto nos recuerda el juego de palabras entre los Nombres del Padre y los no-incautos
Así pues, podemos aproximar la tercera tesis a una no relación que se encadena por medio de una falta –son los nudos mismos–. La segunda tesis la exige; se desprende de ella. Si no hay relación, la falta de un elemento tercero la designa, le da cuerpo, o, al menos, le da forma de “Y” al conjunto.
Surge de aquí una marca que afecta a la no-relación y por donde ésta nos concierne.
El síntoma en general es paradigmático de este tipo de movimiento. En la medida en que plantea un agujero en el discurso, un enigma como es el caso habitual, patente en el recorrido de Lacan por Joyce, mimetiza la ausencia de relación.
El sujeto puede entonces decir: “No es que no haya relación sexual. No se engañen. Yo la elido con mi síntoma. Ubico unos puntos suspensivos en el lugar mismo en el que faltan los significantes del sexo en la lengua”. De allí la vinculación clásica del síntoma con el superyó, puesto que esta instancia dice, a su turno: “La castración no es un efecto del significante, ni mucho menos es mi padre quien me castra. Yo soy quien me castro, a propósito. Yo me rompo el brazo de un martillazo.”
Siempre se puede inventar un síntoma (si se puede), un equivalente fálico compatible con la lengua, para paliar la imposibilidad a la que nos enfrentamos. Cuando el fantasma no cubre ya la posición, el sujeto puede recurrir al padre (el agujero de la prohibición del incesto resuelve la situación), o ampararse en la realidad psíquica (un agujero prêt-à-porter). Pero éstos son ya síntomas. En la obra de Lacan aparecen así denominados diversos conceptos: el padre, el Edipo, la realidad psíquica –también la religiosa–, una mujer. Esto obedece a que todos ellos hacen agujero (falso agujero, es decir, no hacen al agujero del goce). La realidad psíquica hace agujero en tanto anidamos un cuerpo. Y esto muestra a qué se reduce. Una mujer es un síntoma porque su elección no anula la inexistencia de La mujer, sólo duplica el enigma femenino (5).
El síntoma es una de las formas de representar lo que falta para que el triciclo “R, S, I” –la comparación de los registros con un trípode defectuoso fue utilizada por Lacan–, asiente bien. Una de sus ruedas es siempre más corta que las otras. De allí se deduce con facilidad su valor de estructura.

 

III
Resumamos:
a) El sujeto sexuado en tanto afectado por la castración lleva a cuestas un Falo para designarse en el sexo;
b) Ese significante irrumpe sobre el Otro y lo perfora, produce la falta de significantes –al principio el objeto engaña, obtura la castración– y la no-relación;
c) Una falta ligada al incesto telescopia y reproduce la ausencia de relación en un plano paralelo. El síntoma, al apropiarse de la no-relación, deja supuesta la relación sexual en su horizonte (6).

El improbable bebe lacaniano, matemático inadvertido y poeta sorprendido, sabe llevar en su cuerpo al conjunto vacío (7).

 

NOTAS

1) La importancia de la distinción de real, simbólico e imaginario, debe subrayarse –sobre todo en el primer tramo del Seminario–, aunque no la desarrollaremos aquí. Las diferencias en cuanto al estatuto del objeto apuntadas en el texto son inabordables sin una teoría de los registros. Sin esa herramienta, no se podría distinguir la fantasía de castración de su estructura. Y esta es una cuestión de un peso enorme. Tampoco intentaremos situar los sucesivos cambios que experimenta en la teoría el estadio del espejo, epónimo de Lacan. En este breve artículo, sólo abordamos el esqueleto del Seminario, que puede vestirse de distintos modos, hasta alcanzar las formas más cercanas a la doxa.

2) Si avanzamos un poco, este tema remite al hecho de que el corte del fantasma corta en simultáneo, mientras separa sus propios términos, al campo del Otro.

3) Esta exclusión puede desarrollarse en términos edípicos. El padre, en tanto representa la prohibición del incesto, permite que se establezca un sistema de nominaciones. Impide que su hijo, por ejemplo, sea padre e hijo a la vez. Frente al incesto no hay nominación de parentesco. La estructura no se sostiene. En la medida en que el lenguaje es un sistema de coherencia posicional se entiende que el Nombre del Padre, en tanto representa la sucesión generacional, le preste su garantía.
En cuanto al Falo, en esta distribución hay que adjudicarle el goce incestuoso, en la medida en que es el significante que puede significarse a sí mismo (como aquel que puede ser hijo y padre a la vez). Y por esto queda excluido de la cadena significante.
En la base misma del proyecto lacaniano y estructuralista de los años ’50, encontramos al Edipo como encarnación del significante, y al Falo como su núcleo incestuoso expulsado. Se ve por qué Lacan decidió hablar del Edipo únicamente bajo la forma de la metáfora paterna.

4) Ilustremos el tema del saber inconsciente. Supongamos un conjunto A compuesto por los elementos a y b: A {a, b}. En la medida en que se pueden deducir subconjuntos y, además, en tanto siempre es posible obtener al conjunto vacío como subconjunto, podemos referir los subconjuntos siguientes: {a, b}; {a, b, {Ø}}; {a}; {b}; {a, {Ø}}; {b, {Ø}}; etc. Por lo tanto, no es fácil afirmar que los subconjuntos estén contenidos en el conjunto. El número de subconjuntos es mayor que el número de elementos de A. Llevemos esta observación al registro significante: el intervalo contiene (sabe) más de lo que parece a primera vista. Así vemos que “la parte juega sola su parte” (es “mayor” que el todo).
El saber inconsciente, en plus, se emparienta pues con el intervalo significante y los conjuntos transfinitos (con el falo y la letra, si se fuerza un poco las cosas).
Ahora bien, es obvio que para detener el reenvío de la significación –que aquí se produce en cuanto queremos designar el intervalo– no podemos apelar a ningún significante ni tampoco a ninguna designación. Si cada nuevo intervalo es un conjunto surge el conjunto vacío, y el saber no puede totalizarse; se infinitiza. Hace falta, pues, un agujero. Se pone en juego así la función fálica y el tema de la marca.
La asociación libre empalma con este reenvío del lenguaje; lo provoca. Al movilizar el discurso, esta técnica se topa con lo que lo detiene: síntoma, o marca. Y esto la justifica.

5) En ese sentido y en buena lógica, las separaciones son curaciones espontáneas del síntoma.

6) La relación sexual –lo que nos queda de ella–, decía Lacan, es intersintomática.
Por otro lado, se ve el parentesco de esta época de desarrollo con el tema del número. Así como la cifra, en el interior de la lengua, nombra al número, que es real y permanece ajeno, el síntoma nombra al goce. Podríamos agregar, para ilustrar un poco más estas cuestiones, que el sexo es al cuerpo como el número a la lengua. Si recordamos que la exclusión fálica se sitúa mediante la letra, que cierra la cadena significante, con el número, o el matema, se cubren los tres períodos del Seminario que aislamos aquí.

7) Para dar una imagen del estado actual del psicoanálisis –hacia allí concurren los tres desarrollos que hemos aislado en el artículo– bastaría aparear a la lengua con la zona erógena, y a la pulsión con el trabajo de la significación. Frente a las positividades freudianas, lo que se llamó también la demonología freudiana (esa inteligencia, ese inconsciente, que Freud suponía que podía cambiar sus formas y sus enunciados para despistarnos, que se complace y obstina en resistir), en el lacanismo actual la cosa analítica transcurre en una superposición de fallas, de agujeros, de entidades negativas. En algún sentido, hay que imaginarse un cuerpo perforado y atravesado por una lengua a la que le faltan los significantes del sexo. Su deslizamiento mutuo, además, compromete al goce, que está allí haciendo de tope, como tercero. El goce es real. Al situarse de esta forma, obliga a suponer. Implica a la lengua como sujeto supuesto saber, en cuanto ésta se ve llevada a girar alrededor de la marca.
Atendamos, asimismo, al hecho de que en esta perspectiva las críticas provenientes de la fenomenología –siempre denegadas– han tenido finalmente eco. Aun subestimadas y desoídas encontraron su lugar. Por ejemplo, recordemos las observaciones que apuntaban al aspecto contradictorio de la representación inconsciente. Este concepto, y nada menos que éste –decía Lacan–, es insostenible


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