LOS DEMONIOS DEL PASE
Por Carlos Faig
Imaginemos a un corredor de cien metros llanos en plena competencia. En el momento en que atraviesa la cinta lo fotografiamos. Esa foto, a la que le decimos “pase”, es el documento que intentaremos investigar y al que, en razón del muy particular enfoque que hemos elegido, nos vamos a limitar. No recurriremos a ninguna filmación, y mucho menos a la experiencia y sus testigos.
Pero, mientras analizamos esa imagen única y que suponemos reveladora, llaman a la puerta y nos distraemos. A poco andar, perdemos el hilo y nos preguntamos cómo llegó el atleta hasta allí. Si respetamos el método, no deberíamos dejar pasar esa pregunta. Pero si a pesar de todo nos obstinamos en realizarla, no podemos aguardar ninguna respuesta.
Exageremos un poco. El corredor, aislado por nuestro artificio en la llegada, guarda para sí el misterio de la carrera. Está allí, disfrutando de la instantánea, colgando en el aire, entre una pierna y otra, la boca se nota un poco torcida, deformada quizá por la respiración o por el viento que golpea su rostro. En cualquier caso, el ganador de los cien metros salió de la nada, sin pedir permiso.
El concepto de fantasma del analista –puesto que se trata de un concepto, aunque al parecer no convenía a nadie, ni siquiera (sobre todo) a Lacan, que se difundiera como tal– tuvo una suerte parecida a la cuestión del Nombre del Padre. En tanto Lacan considera que los analistas no están preparados para abordarlo, es la suerte (por no hablar de destino) que se impone: su desarrollo se sustrae y el término queda en reserva, más o menos interdicto. Es por esto que el seminario XV repite lo que ya había ocurrido con el XI –Les noms du père, se sabe, se interrumpe en su primera lección y Lacan promete que nunca volverá sobre el tema–, si bien es cierto que las coyunturas difieren bastante. En un caso la IPA expulsa a Lacan; en otro, el mayo francés interrumpe el Seminario. La justificación, no obstante, es la misma. Este viraje de la causa al resultado –al síntoma, si se prefiere–, curiosamente deja a la decisión de la IPA en el status de un hecho fortuito. Lacan se apoya en él aprovechando que la casualidad se cruza en su camino oportunamente para aconsejarle qué hacer, como una tyché.
Este es el problema: si clásicamente se sitúa al deseo del analista más allá del fantasma, si este deseo va más allá de la identificación y la trasciende, y no necesita apoyarse en imágenes, resulta paradójico que se nos diga, en Conferencia del miércoles 19 de junio de 1968 –en la clase final y como demorado apéndice de El acto psicoanalítico– que no hay deseo que no se sostenga en una fantasía, y que por esa razón el deseo del analista remite también al fantasma. No obstante, Lacan –que no rompe su promesa– no hablará de ese fantasma, ni dirá ya nada nunca, al menos directamente.
En principio, ¿cuál es ese deseo que finalmente debe remitirse al fantasma? Y, además, ¿qué significa y cómo entenderlo?
–En su forma más difundida y en un plano relativamente manifiesto, el deseo del analista consiste en ser tomado por otro.
–En un plano bien inconsciente, consiste en ser tomado como objeto y, por ende, causar el deseo. En esa vía, se produce al objeto como algo que no estaba antes. El deseo del analista, así definido, se encuentra especialmente desarrollado en Proposición. Este funcionamiento en dos planos es homólogo al que describe Freud en Traumdeutung respecto de la posición de la fantasía en la formación del sueño: se halla en uno y otro extremo del proceso.
–Existen también instancias intermedias. El deseo del analista se equipara en general a una equis, e incluso con frecuencia se refiere esa equis a la regla de abstinencia. El hecho de que se le niegue sistemáticamente contenido ha contribuido a su misterio, y concurre asimismo con la sustracción de su base fantasmática. En rigor, las dos operaciones están muy vinculadas.
–También se atribuye al deseo del analista la búsqueda de la diferencia absoluta (sostiene la distancia, por ejemplo, entre el trazo unario y el objeto; el analista no responde a la demanda; etc.).
Si los dos primeros niveles que situamos son concurrentes, y hallan una explicación satisfactoria en la relación del fantasma con el ideal, con la i(a) (cf. las páginas finales del seminario VIII), las otras dos definiciones son más bien técnicas, y circulan entre una y otra de ellas.
Cuando el analista desea ser tomado por otro hallamos en el velo la fantasía que lo sostiene. Sobre el velo se pinta una imagen (del otro) que señala un más allá donde suponemos otra imagen (otro otro).
El deseo de ser tomado como objeto, y la ilusión de que ese objeto estuvo allí desde siempre –el amor de transferencia– puede perfectamente sostenerse –según el ejercicio que proponemos aquí– en la fantasía del miembro fantasma. Asimismo y al revés, el analista es el miembro que falta al paciente –viéndolo más profundamente–, que constituye el cuerpo al que ese miembro falta.
Los términos que figuraban separados, el sujeto y el objeto, vuelven a unirse. No hay ningún impedimento para que la disyunción característica del final del análisis pueda representarse en el fantasma. Existe, pues, un fantasma que resuelve la separación de los términos del fantasma, aunque los ejemplos que expusimos sean provisorios.
El giro que se produce, con la reabsorción que supone este tipo de fantasma, tiene un antecedente desarrollado ampliamente y muy conocido en los modelos ópticos del Informe de Lagache. Cuando el espejo gira 90º se produce el acceso del sujeto al más allá del espejo, el desmontaje de la imagen virtual de la que depende la introyección del Ideal. Y luego el espejo, en una nueva posición, acostado, produce y reproduce una nueva ilusión. Sin embargo, allí no se privilegia el atravesamiento sobre la estructura. Se lo señala, pero no se lo independiza. La despersonalización es uno de sus signos, e indica un momento de pasaje y no una entidad, es decir, no remite a una estructura. Entonces, ¿por qué interesarse tanto en el momento y no en el conjunto? Además, si ese fantasma existe, desde él podría deducirse el deseo del analista, sin duda de manera más cómoda y pertinente que en una búsqueda directa.
Observemos que el acto, en tanto repetición en un significante, comparte la economía del velo: ambos, cada uno a su manera, resuelven el más allá. Esto los emparienta. El acto, en muchos sentidos, incluida la Verleugnung y también el retorno de lo reprimido, llama al velo. No estamos lejos aquí de alcanzar al analista en posición fálica, o de la mascarada (chienlit) que Lacan siempre pensó abordar como tema de una clase del Seminario. No estamos lejos del aspecto más o menos cómico del analista, de su disfraz grotesco, incluso de su travestismo.
También encontramos sobre esa vía la sustracción de la presencia del analista en el llamado setting; y, en muchos casos, algún retraimiento de la vida. Hay un efecto depresivo en el final del análisis y en la formación del analista que se consolida como una cicatriz del Eros. Si esta cicatriz propicia la neutralidad también es cierto que en un mismo movimiento se confunde con una falta de humanidad propia de la función.
El dispositivo del pase asume que es posible apresar el deseo del analista fuera del fantasma, de la marca, y de aquella cicatriz. Es el tema que investiga y lo que nos proporciona su fotografía. Si el acto se borra, si se olvida como se olvida el ser, esa fotografía parece necesaria. Pero sabemos que el ayuda memoria fracasó. La apuesta falló.
La Conferencia del 19 de junio desarrolla brevemente dos ejemplos. El primero de ellos es El caso del señor Valdemar, un cuento de Poe menos utilizado por el Seminario que La carta robada, pero que no carece sin embargo de la importancia y la función del en souffrance. En un escrito de Lacan, el cuerpo de Valdemar, al borde de la descomposición y mantenido por un discurso hipnótico, es la IPA. Como “Freud la quiso así” –Lacan dixit–, debemos deducir que finalmente terminó por dominar las técnicas hipnóticas. Sin embargo, el cuerpo ha dejado de existir hace ya tiempo. Lacan busca ejemplificar allí el aspecto ni muerto ni vivo de lo que moviliza la interpretación del analista. Y es lo que, según se nos dice, provoca algún escalofrío.
Rabelais, el segundo ejemplo, es objeto de una referencia docta, digna de un Lucien Febvre. Es el autismo de la palabra del analista lo que se quiere ilustrar con Gargantúa y Pantagruel. La palabra congelada. Y aquí se detiene Lacan, por motu proprio y por oficio, el 19 de junio.
Una segunda retoma de lo que los acontecimientos de mayo obligaron (o quizá sólo ayudaron) a dejar inconcluso se produce hacia el final del seminario XVI, y es de otro estilo. Menos pretenciosa. El 19 de junio Lacan decía más o menos así: “Ustedes, sépanlo bien, sólo han tenido acceso a un cuarto de lo que yo tenía que decir del acto analítico”. En el seminario siguiente sólo ha quedado algo por decir, si es que ha quedado algo por decir. Ya no es seguro. Y luego todo se desarrolla en relación al masoquismo del analista, por su posición de objeto –rechazado, sin duda, pero mantenido sobre la escena–, y al molde del cuerpo (esta última idea no carece de relación con el miembro fantasma). La sustracción se cierra.
Ahora bien, si se reconoce la existencia del fantasma del analista, en tanto la fantasía permite asumir un deseo, se da entrada al analista que está en función (también al analizante, por supuesto) en el pase. No puede economizarse ya al analista (que condujo el análisis del paciente que se apresta a testimoniar frente al dispositivo), por mucho que el acto lo haya deyectado como (a). Desde entonces, la construcción que se produce con el final del análisis concierne al analista. Antes, con el pasaje al acto –Lacan lo suponía en aquel que se aprestaba al pase– sólo era visible un único lado: el sujeto.
En ese aspecto, como en otros, Lacan busca situar, si no producir, el torbellino. El deseo del analista aislado del fantasma es apto para producir el relámpago, la tormenta, un borde ominoso. Sincronía y diacronía se mezclan y se confunden, funcionan juntas de modo desprolijo, hasta catastrófico. Imaginemos el efecto que esto produce. En una película –¿Qué pasa Pussycat?, se nos ocurre al pasar–, por una picardía del proyeccionista, una sola imagen fija se repite en cientos de secuencias, y, simultáneamente, los distintos fotogramas devienen uno. El filme –contrariamente a lo que ocurre con nuestro atleta del comienzo– se quiere fotografía, mientras la sala entera silba y protesta.
El torbellino vuelve una y otra vez a la boca de Lacan. Se sabe que designa al pase, al deseo del analista y al (a). Pero también designa a la Escuela misma, que se sitúa sobre ese torbellino y lo reproduce, al tiempo que se alimenta de él.
El abandono actual del tema del pase tiene consecuencias múltiples, en distintos órdenes, y de la mayor importancia. Ya no puede distinguirse jerarquía y gradus; mucho menos nominar a los AE y AME. No hay transmisión ni Escuela. Ninguna diferencia sustantiva separa al lacanismo de la IPA. Pero tampoco se hace fácil distinguir al psicoanálisis de las terapias breves o la psicología. Los viejos clínicos, aferrados a sus clisés, recuperan su eclipsado prestigio, ganado por vía de la experiencia y el olvido.
Pero no basta con sólo constatar que la práctica del pase ha fracasado. Hay que establecer qué llevó a ese error, y extraer las consecuencias teóricas. Debemos aprender de ese fracaso. Más allá del aspecto político e institucional, ¿por qué se equivoca Lacan? ¿Todo el Seminario hasta llegar al punto del pase participa del error? ¿Debemos desechar sin más consideración los primeros quince seminarios?
Situemos, en primera instancia y de manera provisoria, dos razones:
–En principio, el error parte, todo parece indicarlo, del privilegio que se ha otorgado en general al corte, y, en particular, a la sesión breve, es decir, al corte de la sesión. Por un lado, la teoría del objeto justifica el corte como técnica básica. Por otro, y concomitantemente, el corte del discurso produce un más allá que apunta al objeto (metonímico) y lo sitúa como un desprendimiento (hay que aceptar que en ese aspecto el corte no es arbitrario). El movimiento remite rápida y naturalmente a la topología –superficies y cortes– que nace al psicoanálisis, y no por casualidad, recordémoslo, junto al sujeto supuesto saber, en el seminario IX. Algo predestina a la teoría a buscar un paradigma del corte. Y, finalmente, el analista –bajo la especie del (a), desprendido, resultado de la caída del sujeto supuesto saber– y su formación servirán para ello. El status del corte permite que el final del análisis y el analizante se autonomicen y celebren juntos su apoteosis. Para esto, sólo hace falta un salto –el salto del pase–, un breve y silencioso aleteo.
Ahora bien, si en el corte coinciden necesariamente dos marcas (sexualidad y lenguaje; interpretación y transferencia; la marca del sujeto y la del partenaire, la del Otro), no debe marcarse un solo lado –provocando un automatismo insostenible: cada vez que se corta la sesión la sexualidad resulta invocada, concernida e interpretada–, ni en la sesión ni en el final del análisis. Si el corte marca sólo al lenguaje, si sólo detiene a la asociación libre, carece de eficacia; no es más que un gesto prometedor y ampuloso.
–Pero hay otra razón –no ajena a la anterior– que, creemos, se irá situando en el futuro: el lacanismo, que no puede concebir el fracaso del análisis más que como un éxito, no dispone de herramientas precisas, de los conceptos necesarios, para aprehender un análisis fallido. ¿Cómo sabría entonces el jurado cuándo realiza el análisis su obra?
Sin embargo, no debemos confundirnos: el pase –no nos preocupa aquí distinguir, como el lector habrá advertido, el final del análisis del aparato burocrático que lo duplica– existe. Hay un momento en que el decorado deviene practicable, el espejo no ofrece ya su espesor, y el sujeto accede unos instantes a su más allá. Lacan se equivocó al aislarlo. Tal vez se apresuró. Tal vez un cierto dejo transgresor lo llevó a congelar la escena. Ciertamente, algunos analistas en el año ’67 mencionaron un efecto perverso, una escena sadiana.
El caso es que no se puede estar de los dos lados al mismo tiempo. Si cortamos una banda de Moebius y producimos un ocho interior, debemos optar entre una y otra figura. No podemos situarnos en las dos y sostenernos allí, salvo que el corte se eternice, o lo hipostasiemos (y quizá buena parte del problema sea ese). Hay aquí una disyunción entre trabajo y producto –entre tarea y acto, para decirlo en términos lacanianos–, entre el recorrido del análisis y su final. O, incluso y sencillamente, entre paciente y analista (esto nos remite otra vez al tema de las marcas y el corte).
También en los modelos ópticos es posible situar el momento de atravesamiento del espejo plano –lo hemos señalado antes–, y con ello la existencia de una forma cierta de pase. Hemos dicho asimismo que esto remite a la despersonalización, a síndromes ligados con el reconocimiento especular –Proposición, por su parte, remite a la salida depresiva: relacionar esos dos signos podría enseñarnos algo sobre la sexualidad de los analistas–, pero el dispositivo se arma de nuevo, inmediatamente. El aislamiento dura lo que tardamos en girar 90º el espejo plano. Mientras tanto, durante ese trayecto, hay algún flash, imágenes fugaces, tal vez alguna que otra anamorfosis. Pero el atravesamiento no adquiere en ningún momento, en ningún grado, una existencia independiente.
Si el espejo se desplaza hasta acostarse, si se rearma el fantasma del analista –y no un fantasma en particular, no el fantasma de tal o cual analista, sino el correlato del deseo del analista–, queda claro que el error consiste en aislar el pase. Queda claro que aislar el deseo del analista es una operación artificial que no puede sostenerse.
Volvamos, para concluir, sobre ese espectro de analista al que se le impidió recorrer el mundo de la mano del pase. Volvamos sobre el manifiesto escalofrío que produce y recordemos que se lo ha omitido de Proposición. ¿Cómo implica al analista la falta de significante sexual? ¿Desde dónde responde del hecho de que la lengua no disponga de los significantes del sexo? Nuestra tercera y última referencia fotográfica es una escultura de Bernini, El éxtasis de Santa Teresa, reproducida en la portada de Encore. Esta obra compleja sugiere la levitación valiéndose del escorzo de la santa y los rayos solares, imita así un cierto movimiento suspendido: es una fotografía avant la lettre, de época. En esa escultura, tal como podemos leerla siguiendo a Lacan, el analista es un ángel. En ese sentido, el debate sobre el sexo de los analistas, que por fortuna y por las mejores razones todavía no se produjo, no es bizantino. Y quizá esta sea la retoma principal, aunque un tanto subrepticia e indirecta, librada a la buena oreja, del fantasma del analista por parte de Lacan.
Dejando a un lado aquella sonrisa tonta y asexuada –tan asexuada como el objeto–, había otro criterio quizá mejor para situar el final del análisis: cuando se llega al extremo del camino, decía Lacan, el “sí” y el “no” valen lo mismo. Es el signo de que alcanzamos lo real.
BIBLIOGRAFÍA
–Jacques Lacan, Séance extraordinaire de l’École belge de psychanalyse, le 14 octobre 1972, en Quarto, 1981, Nº 5, pp. 2-22. (Cf. esp. el pase concebido como pasaje al acto en p. 8, y el concepto de que no hay análisis fracasado en p. 11).
–Lacan, Lettres de l’École freudienne de Paris, Nº 8, París, 1971, (esp. p. 215 sobre la escuela considerada como un torbellino).
–Lacan, Conférence du mercredi 19 juin 1968, en Bulletin de l’Association freudienne, Nº 35, París, 1989, pp. 3-9.
–Lacan, Proposition du 9 octubre 1967 sur le psychanalyste de l’École, en Scicilet Nº 1, Seuil, París, 1968, pp. 14-30.
–Lacan, Écrits, Seuil, París, 1966. Cf. Le séminaire sur “La Lettre volée”, pp. 11-61 ; Situation de la psychanalyse et formation du psychanalyste en 1956 (esp. p. 486 sobre el caso de Valdemar) ; Remarque sur le rapport de Daniel Lagache, pp. 647-684.
–Lacan, Excursus, en Bulletin de l’ Association freudienne, Nº 18, París, 1986, pp. 3-13, (esp. p. 8 sobre el criterio de sí y no). |