La Marca de Pierce
El ataque de pánico es hoy uno de los cuadros más diagnosticados, y tal vez –dentro de la psiquiatría– el más automedicado. Instalado desde hace poco más de una docena de años, ha desplazado de su lugar a las fobias, a la neurosis y la histeria de angustia. La fobia había sido aislada trabajosamente por Freud a partir de las monomanías; mantenía el privilegio desde entonces de constituir un cuadro propio del psicoanálisis. No obstante esto, el ataque de pánico la barrió sin contemplación. Ni siquiera quedaron en juego sus tipos más agudos, como es el caso de la tanatofobia, que podrían pasar perfectamente por ataques de pánico.
El panic attack muestra que la disposición del síntoma para ligar angustia se halla cuestionada y ha mermado. Los cuadros de sintomatología profusa, al estilo de Ana O, o Isabel de R –la Gran Histeria de Charcot–, ya no existen. Hoy predomina más bien el anonimato, entidades sin detalles, caracterizadas sobre todo por su despojo, sin valor de uso.
La moda –a la hora de pensar por qué ciertos cuadros proliferan–, como sabemos desde hace tiempo, hace sistema. Su relación con los signos es simbiótica. Durante el ataque de pánico el cuerpo se impone. Las piernas pesan, el corazón se delata, se dificulta la respiración. Contrariamente a lo que la comprensión presupone este cuadro afecta con frecuencia a gente exitosa; adultos que, con o sin razón, se imaginan imprescindibles. Entonces, la muerte se presenta y transpira. Nada muy diferente de la angustia que describía Freud montada sobre signos cardiorrespiratorios –síndrome de hiperventilación, se diría actualmente–. La moda del novecientos se hizo masiva y cambio de nombre.
El cuerpo cierra el agujero en el que consiste y anidamos. Se hace todo y nos deja percibir qué somos.
El piercing prolifera por el lado social. Los cuerpos resultan agujereados por aficionados para ahorrarnos algo de tortura y angustia. Esta actividad irritaría a un profesional de la calidad de Sade, puesto que pretende crear nuevas zonas erógenas. Pero el arito sólo es isomórfico del agujero corporal, al que duplica. La perforación es real, pero el agujero es falso, no es más que una imitación. Si el cuerpo va de exterior a exterior –de la boca por el tracto intestinal al orificio anal–, en el piercing, si se quiere verlo así, él mismo pasa a través de un aro –una o múltiples veces según los gustos–, de un afuera a otro. En cierta forma, su situación se invierte. Es el cuerpo el que rodea al aro y a partir de allí logra ubicarse. Entre la perforación, la incisión, y considerando que ya no se sabe qué es de uno y qué es del aro, con un poco de suerte, se termina olvidando al cuerpo.
Los cuerpos así restituidos –normalmente desaparecidos, o, al menos, mareados si no marcados–, los que han recuperado su erogeneidad motivados por razones que se confunden con lo irresistible de la moda, circulan nuevamente. La función que les escapa es la que los tiempos actuales torna difícil. El cuerpo, ligado por un artificio, recupera alguna captura sobre sí. Vuelve (intenta volver) a ser el agujero que es. Por supuesto, también es posible practicarse una amputación, arañarse la cara o golpearse la cabeza con ambas manos, fuerte y coordinadamente. Pero no es tan económico; y es poco aconsejable. Desde el punto de vista del padecimiento subjetivo es preferible realizarse un tatuaje, una pequeña incisión. Y no está descartado, incluso, analizarse. El análisis, aunque no es seguro que siempre produzca marcas, se sabe que, al menos, histeriza. Y entonces puede recomendarse.
No hay que creer que el piercing solucione las cosas. Pero muestra la superficie del déficit, en tanto impone una incisión, del lado del cuerpo y la pulsión. Es el no-todo lo que hace problema.
En la zona erógena –el sujeto se instala allí–, el cuerpo se captura, flexiona sobre sí, se acerca y se aleja del goce. Adquiere un punto de vista, por ejemplo, pero pierde la mirada que (ahora) lo circundaba; o bien, pierde el silencio que (ahora que grita) lo rodeaba. De ahí la correspondencia entre el sentido y la pulsión. Es una concurrencia entre lo que no puede significarse a sí mismo, no flexiona, el trabajo de reenvío circular de la significación, y el objeto en tanto implica la traducción subjetiva como pérdida de algo que nunca se tuvo. El borde se cierra, añorando al objeto que permitiría que goce de sí mismo, y una marca ubica al sujeto. El semblant nos permite defendernos del goce circular e infinito, de la devoración (una de las formas de ese goce).
Haciendo abstracción del sentido tribal, de pertenencia e inclusión, de moda totémica, de lo que pueda tener el piercing de púber y adolescente, su función respecto del cuerpo –si tuviera éxito, por supuesto– finalmente no tiene sentido. En cierta forma ocurriría lo mismo que con el universo de significaciones que rodea al coito, y gira alrededor, puesto que en el momento de la copulación (y por mucho que haya permitido el encuentro sexual) pierde alcance. Se demuestra que se trata de órdenes diferentes.
El significante se libera de lo que lo retiene cuando el cuerpo se hace todo. Es evidente entonces que el objeto impedía que la repetición devenga lograda. No es tan evidente, en cambio, la vinculación del ataque de pánico con la manía (con la depresión estamos en una historia conocida, sobre todo en cuanto a la medicación), que se deja intuir.
En lo que hace a la economía del goce, es decir, en cuanto valor de cambio, el piercing ha “remplazado” al síntoma tanto como el ataque de pánico a las fobias. Es uno de los correlatos actuales del valor antiguo de los síntomas. En aquel entonces, la histeria era un arte. Pero digámoslo todavía de otro modo: Freud no precisaba de los aritos.
Carlos Faig
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