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De Relámpagos y Tijeras

Cuando se completa el circuito de giros de la demanda sobre el toro y se produce, al menos en teoría, el final del análisis, los giros que rodean el vacío interior del anillo (el aire de la cámara, si se quiere) se transforman de tal modo que contienen al vacío central (conectado con el periférico). El punto es que esta transformación de la figura impone que optemos por una u otra de sus formas. No podemos tener a las dos simultáneamente. Es cierto que si se introduce el tiempo como un factor que juega en el pasaje de una forma a otra, de una a otra figura, todo se arregla. Pero para aquél que está haciendo el recorrido, no es posible dar cuenta de esta transformación. Por lo tanto, hacen falta dos figuras, o dos estados del problema. Y esto hace necesaria la participación del analista en la cuestión del final del análisis y del pase.

El hecho, por ejemplo, de que no puedan coexistir una banda de Moebius y un ocho interior, aunque un corte permita pasar de una a otra de esas superficies, hace tanto a la imposibilidad de un autoanálisis como a la de dar cuenta del propio pase. El analizante no puede pararse de los dos lados y permanecer allí incólume. Dicho de otro modo, librado a sus propios medios, enfrenta una disyuntiva. Si opta por dar cuenta del final de su análisis (del corte que lo cierra) el trabajo analítico desaparece, no se analizó. Esto explica un efecto llamativo de los testimonios de pase: muchos de ellos son prefreudianos. Por el contrario, si opta por el recorrido, por el trabajo del análisis, se condena a seguir girando llevado por la demanda. También se sabe lo que esto implica, aunque exista menos interés en recoger este tipo de testimonio.

Otro dato importante resulta de aquí: bien mirado se exige al pase un funcionamiento tributario, ante todo, del escrito, aunque pueda practicarse. Ciertamente, si el pase diera cuenta de dos figuras incompatibles sería un matema, por cuanto operaría un cernimiento de la imposibilidad de copresencia de las figuras. Alcanzaríamos así la definición de matema como “faire fixion autre du réel” (cf. L’étourdit, en Scilicet Nº 4, Seuil, París, 1973, p. 35). El pase tornaría indecidible (en el sentido lógico) la coexistencia y la relación de las figuras.

Podríamos incluso comparar al pase, no ya como un dispositivo sino en tanto matema del final del análisis, con la función de la escritura respecto de la demostración de la inexistencia de relación sexual. Al poner los datos en el papel, en el espacio del escrito, no se podría seguir girando de una a otra cara de la banda de Moebius. El análisis se volvería finito y se resolvería. El agujero se haría evidente. El escrito funciona, en este aspecto, como el fragmento euclidiano que adosado a la cinta de Moebius permite intuir que no hay pasaje posible.

El pase tal como se lo concibió inicialmente, en Proposition, produce pues una identificación indebida de las figuras mediante el corte. Y por allí mismo, del analizante con el analista –pero haciendo desaparecer al analista, porque la identificación debe sustraerse: en buen lacanismo un análisis no puede terminar así–.

En Lacan encontramos referencias al pase y a la escuela como un torbellino, un Mäelstrom, un agujero, un relámpago (es obvio que el objeto (a) resulta aludido), y se ha dado amplia trascendencia a la técnica del corte. Esos términos nombran el momento en que el analista –vestido de topólogo, de sastre, o como el buen carnicero del que habla el filósofo–, corta una figura por donde se debe: el breve y fugaz instante en que todavía no pasamos a la otra figura, que ya se perfila, y la primera se desvanece.

Veamos el problema en una óptica técnica. La razón por la cual el analizante no podría dar cuenta de su final de análisis es idéntica, o, por lo menos, gira en la misma órbita, a la que impide que durante el curso del tratamiento pueda realizar una construcción. Las construcciones las realiza el analista, o no aparecen en el análisis, pero nunca salen de boca del paciente (sí salen de allí interpretaciones). ¿Por qué ocurre esto? En principio, porque el paciente no tiene, por definición, sujeto como está a la asociación libre, (una) posición. Y esto quita su sustento a la deducción de construcciones. En otros términos, el paciente no puede realizar construcciones en razón de que la transferencia es disimétrica, impar. El saber no concierne a los dos participantes del mismo modo y en un mismo plano. El intervalo significante afecta al analista de un modo diferente.

En el mismo sentido y tomando en serio la cuestión, que el paciente se ponga a hacer construcciones nunca fue un criterio de final de análisis. Sin embargo, si el pase transcurriera como se pretende, esto debería presentarse cuando nos acercamos a él, y, luego, devenir un criterio (aun cuando sólo se le diera un estatuto empírico).

Convengamos que el final del análisis (o su doble: el pase) se produce cuando el sujeto pierde representación, vale decir, cuando ya no quiere pasar del otro lado (de la cinta de Moebius). Por tanto, en cuanto encontramos una figura unilátera no se trata de un pase en sentido estricto (de una cara a otra); es un pase estático, incluso tendríamos frente a nosotros un impasse. En otro sentido, que liga con la transferencia en su definición más difícil y densa, el sujeto pasa porque ya había pasado. Siempre (desde siempre) estuvo del otro lado. Es un pase ya allí. Por esto, nos encontramos frente a una extensión conceptual de la transferencia. Y hay algo de humor (quizá involuntario): se nombra el dispositivo como “pase”, mientras se le da imagen con una puerta giratoria.

No podrá esperarse que los testimonios sean ajenos a este desplazamiento ya circular, ya carente de movimiento. Por el momento, regocijémonos de que no haya producido revolucionarios.

Se intuye, asimismo, por qué el final del análisis arrastra consigo esa consecuencia depresiva que Lacan le asignaba, en desmedro del momento fóbico que se produce cuando el sujeto encuentra que del otro lado no hay nada –porque no hay Otro lado–. Pensemos, por ejemplo, en una histérica que sufrió durante toda su vida una intensa envidia fálica y que un buen día de su análisis se da por enterada de que lo que siempre deseo tener ya lo tuvo y, lo que es aún peor, no existe. La depresión histérica (el pasaje de histeria a depresión) refiere, se sabe, a la pérdida de un ideal –la cuestión del Ideal no sólo se vincula con el final del análisis, además está en el centro de la posición del analista, como enseña Lacan–. En efecto, ciertos autores ligan la depresión histérica a la pérdida de un ideal sostenido largamente (por así decir) en la envidia fálica. El pene idealizado y envidiado termina rebajado y expulsado mediante una fecalización.

El pase histérico, si se nos permite la expresión, tiene pues alguna relación con el pene fecal.

Carlos Faig


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