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Los ropajes del malestar

“Tras la muerte de su marido, una mujer, comprometida con él por el pacto de un amor eterno, se hace hacer un hijo suyo cada diez meses... durante la última enfermedad que llevó a su marido a la muerte, esta mujer, tras hacer voto de fidelidad eterna, hizo almacenar una cantidad suficiente del líquido que habría de permitirle perpetuar a voluntad la raza del difunto, en los plazos más breves y a intervalos repetidos.”... “no se le escapan a ustedes los problemas que introduce semejante posibilidad... sería fácil hacer algunos chistes. A mujer fría, diría el nuevo proverbio, marido refrigerado”.
J. Lacan - Seminario IV - Ed. Paidos
Cap. XXII “Ensayo de una lógica del caucho”-página 377
19 de junio de 1957.


Ya más contemporáneamente hemos escuchado algunas noticias de gente que por Internet se contactan para las más diversas cosas a través de portales que buscan atraer a la juventud, tanto para acercarlos a sectas satánicas como ofreciendo recetas para quitarse la vida o llevar a cabo suicidios compartidos.

Si la pulsión de muerte es situada por Lacan no en relación al final de la vida sino por el efecto de la entrada del Sujeto en el campo del lenguaje podemos acordar que el malestar es estructural. Se instala con distintos ropajes según las modalidades de la época y quiebra la ilusión de la perfección humana. En diferentes momentos de la humanidad se producen hechos que resultan inentendibles y que generan una puesta en cuestión sobre lo que se supone es la regulación que el ordenamiento simbólico permite.

La construcción de un vínculo social cualquiera no excluye en absoluto un elemento heterogéneo. La entrada del hombre en la cultura no es, como nos hace saber Freud, sin malestar. La inclusión social implica ya una renuncia pulsional por el establecimiento de normas y reglas “para todos” pero no deja de marcar una condición injusta para cada sujeto. Su entrada en comunidad no es entonces sin pérdida de goce.

Es decir que todo lazo social no logra suprimir el resto pulsional que no deja de producir malestar. Se trata de considerar entonces que es lo que el sujeto esta dispuesto a hacer con ese resto.

Si el sujeto se constituye, como nos hace saber Lacan, por la eficacia de un Otro que opera como campo discursivo que articula el deseo y separa el goce, el Otro, como una abstracción teórica necesaria, lejos de cobrar sustancia surge para que el Sujeto no quede expuesto prematuramente al desamparo. Por ello el Otro es un operador fundamental en dicha constitución pues, según se haya constituido podrá otorgan algún sentido a la vida o…a la muerte. El sujeto busca captar el Deseo del Otro y en algunos casos el suicidio es el sacrificio que ofrece para poder confirmar de esa manera la inconsistencia del Otro. Ya sea por consistencia o por temprana inconsistencia, como lo muestran trágicamente los casos de hospitalismo y marasmo, el Otro como red simbólica, debe funcionar también como prohibidor instaurando la Ley. Es en este sentido que Lacan sitúa en los tres tiempos del Edipo el lugar normativo de la función paterna cuando, en el segundo tiempo, el padre actúa como interdictor, marcando los límites del goce a la criatura y a su madre.

Pero ¿que ocurre cuando el sujeto supone que el Goce del Otro es posible? Jacques Lacan en “Subversión del sujeto” señala que el goce esta prohibido a quien habla; que el goce del Otro no existe, pero que el neurótico se figura que el Otro exige su “castración”. Con lo cual la prohibición surge como relativa al que habla. Para que el sujeto pueda formular que es lo que quiere para sí deberá creer saber que quiere el Otro. Pero si el sujeto cree saber que quiere el Otro hay un resto que resiste a la significación y que opera desde el más allá mismo del principio del placer. Estas razones de estructura señalan que el sujeto, inconciente y cuerpo, se constituye por efecto de la palabra que lo determina y lo nomina pero que no es ajeno e inmune a los efectos del discurso social imperante. Que ocurre cuando la constitución subjetiva se encuentra con los fracasos de la palabra para regular los actos y ordenarse en torno a un ideal? Si el Otro se torna consistente interpretando demanda por deseo los caminos para el suicidio están abiertos. No pueden fallar: Pagan con su cuerpo la deuda con el Otro.

Hace ya un tiempo recibí en la consulta a una adolescente de 18 años, sumamente angustiada porque el hermano, cinco años menor, habiendo fracasado en su examen de ingreso a una Institución militar, carrera anhelada por el padre, se había colgado, en el arco de entrada al pueblo que decía “bienvenidos”.

Si el sujeto se constituye por efecto de un anudamiento RSI que facilita los Nombres del Padre, es necesario que haya un padre del Nombre que lo nomine y haga cifra de su hijo. Cuando lo que retorna es la vertiente superyoica gozosa, esta marca el fracaso de la Ley simbólica asegurando un destino trágico: el sujeto cede al goce y paga con el sacrificio de su muerte una deuda imposible de saldar. Que intenta marcar los llamados nuevos padecimientos, al decir de Freud, “vino nuevo en odres viejos”? Cuál es el impacto que marca el desarrollo tecnológico? ¿Se trata de impedir su avance? o de plantear preguntas que hagan que el Sujeto recupere el valor de la palabra evitando hacerse objeto del Otro. Que lo que no cesa de no escribirse opere, es poder hacer con la falta sosteniendo la incertidumbre de lo que esta por venir, permitiendo la sustitución de objetos, que en el campo imaginario aluden a la falta de objeto en el mismo acto en que la velan. Esto es precisamente la eficacia del fantasma, la condición de establecer un espacio topológico entre el Sujeto y el objeto que opere como vel y facilite en un tiempo lógico el desplazamiento y la creación de nuevos objetos que funcionen como causa. Pero en la posmodernidad no hay tiempo para la espera, es la inmediatez la que comanda buscando cubrir la falta con los objetos fetiches los gadgets que se ofrecen en el mercado. El fetichismo de la mercancía opera como cierre evitando duelar la perdida radical del objeto. Si la propuesta que el Sujeto recibe del Otro social es el camino de la supuesta satisfacción inmediata queda abierta la posibilidad para que busque desesperadamente, en cualquiera de sus versiones, “los quitapenas” de los que nos hablaba Freud. ¿Cómo abordar entonces, en el caso por caso, una situación donde la demanda aparece invertida? Es esta posición la que produce que el malestar quede del lado del analista mientras que, lo que precisamente no se presentifica, es un sujeto “paciente”. Se trata de una apuesta para el analista poder ser paciente para que el paciente se instale, correrse evitando hacer del instante de la mirada, un punto de eternización donde la observación con detenimiento del “fenómeno de paciente” que tiene enfrente le permita dar lugar al tiempo de comprender. Buscar plantear una escansión sustrayéndose al campo escópico donde la mostración de la desgarradura no opera necesariamente como pregunta, porque la angustia queda del lado del analista. Poder dar lugar a la palabra es el esfuerzo que sostiene el Deseo del Analista.

En cierta oportunidad en una primera entrevista una paciente me “muestra” las marcas de golpes que permanentemente se infligía cuando algo le salía mal. En ese momento a mi intervención “ya me mostró lo que tiene porque no me cuenta lo que le pasa” respondió con un profundo llanto, no sin angustia, hasta que pudo despaciosamente comenzar a narrar su historia.

El problema se nos presenta en aquellas situaciones, fundamentalmente con adolescentes, donde, sin que se trate de una psicosis “es traído a la consulta”, por padres preocupados porque “el nene” no hace nada, se encierra en su cuarto, pareciera que el sujeto queda de cara a lo real haciendo nada. Pero esa nada no es “nada de nada” también puede ser escuchada a manera de acting, como una forma, de dar cuenta de aquello que le resulta imposible: hacer escuchar su palabra. Se pasa horas frente a la computadora, buscando en la deriva de las páginas de Internet alguna referencia que lo asista para poner en juego la identificación. Pero la ilusión imaginaria de hallar un poco de sentido en lo etéreo del ciberespacio no hace más que reenviarlo al aislamiento subjetivo donde la pantalla es precisamente el cuerpo prestado de un goce que no le pertenece. Goza con su silencio buscando acallar la angustia que lo atraviesa. Cuando logramos que nos cuente de “esa pantalla” en la que queda atrapado durante horas, ya esta produciéndose otra cosa, porque se produce un corte. Parafraseando a Freud en relación al Caso Isabel de R. pareciera que “la pantalla de la computadora” comienza a participar de la conversación.

En otros casos están los relatos de historias traumáticas y hechos vividos de manera violenta con excesos y pasajes al acto de diversa naturaleza, donde lo pulsional emerge dejando al sujeto en posición de objeto de un goce que lo comanda de manera superyoica en una suerte de destino trágico. Es allí difícil poder hacer lugar a la palabra sobre todo si esta queda ubicada del lado de la moral. Estos son momentos donde el analista mismo es puesto en cuestión en tanto se sostiene en una ética que no esta dispuesta a ceder al deseo. No retroceder ante lo real no es solamente aplicable al campo de la psicosis. Se trata de ponerlo en práctica ante aquellos pacientes que no se presentan en la consulta de manera estándar lo cual no significa que conformen una nueva estructura. Querer definir nuevas estructuras por la descripción de fenómenos sintomáticos es poner el acento en la fenomenología del DSM IV u otorgar exclusivamente la incidencia del discurso social en las determinantes de los síntomas que conduce a un culturalismo sin salida, caminos ambos, erróneos a mi juicio. Ya nos indicaba Freud que las neurosis traumáticas no se producían en todos aquellos que iban a la guerra. Se trata de entender que la deshumanización que la globalización mercantil plantea no afecta de idéntica manera a todos los sujetos, pero que si existe un margen de mayor exposición, porque la tecnología en su afán de establecer una comunicación que homogenice excluye la subjetividad y establece un camino que opera en detrimento de favorecer la función sujeto. Creer que cualquier comunicación produce lazo social es tan ingenuo como suponer que todo escrito anuda al Sujeto.

Estar on-line con un otro anónimo en pos de alejar la angustia no le asegura un sentido al sujeto. Alienarse en la red de Internet como cualquier otra manera de alienación no hace más que llevar al sujeto a caminos sin salida en busca de una identidad que finalmente no lo representa. El impacto de lo Social, desmadrado de un simbólico que ordene y regule y sus efectos de borramiento sobre la subjetividad requiere de una operación inicialmente difícil para el analista. Es dable suponer que en la estructura del discurso del analista este opera como causa ofreciendo el semblante que permite la aparición del sujeto deseante. Pero para que esto ocurra debe establecer en principio algo que a los analistas nos es particularmente incómodo y que ponemos en crítica cuando no gira a otros discursos: el Discurso del Amo, (recordemos que Lacan también homologa Amo con Maestro). Este discurso es la condición de posibilidad de poner en marcha la operación del par significante S1 S2, que produce el objeto a , en tanto hay un S1 que permite que en el piso inferior, en el lugar de la Verdad se posicione el Sujeto barrado. Entre el Sujeto y el objeto a podríamos escribir el losange teniendo constituida así la fórmula del fantasma. Es necesaria la puesta en acto de éste para que el sujeto no quede condenado a la posición de objeto de un Otro que ordene Goza. Que el fantasma vacile no dice necesariamente de su fracaso porque estaríamos confundiendo imaginario con estructura. La eficacia del fantasma, aun en sus vacilaciones es precisamente operar de velo ante lo real y allí el analista en la rotación de los discursos presta sus ropajes.

Jornada de Clínica Psicoanalítica, sobre el malestar en nuestra época. Facultad de Psicología de la UBA en Junio de 2009

Prof. Horacio Manfredi

 


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